Las pequeñas cosas

La pluma que me regaló mi papá hace cinco años y que un día se me resbaló y se rompió de la punta. La taza de R2D2 que, sin tener fisuras, comenzó a chorrear, pero que aunque ya no sirva, la conservo. Las por lo menos siete versiones de mi tesis. Mi examen. El eneldo del huerto urbano de mi casa. El viaje con Raluca, que por fin vino a México. Los cientos de tazas de café que me tomé. La mujer que me pidió un autógrafo para su esposo, que me lee cada martes. Las botas mugrosas de mis hijos. La almohada de Marcos. Los libros que leí. Las caminatas en mis meses de descanso. El Tyrion Lanister que ahora me acompaña en un nuevo escritorio.

Siempre me causa cierto asombro cómo las personas hacemos cortes de caja. Quizá sea por la mera necesidad de cerrar asuntos y pensar que mientras podamos controlar el ciclo de las cosas. Ayer apenas era un año que ya pasó, y hoy iniciamos otro.

Soy muy mala para las fechas. Malísima. No sé bien qué día preciso se publicó mi primera columna, pero sé que pasó en algún martes de la primera semana de enero. Entonces, hoy estamos de aniversario. Once años. Nunca había pasado que coincidiera con el primer día del año.

Este tiempo se ha compuesto de puras pequeñas cosas. Historias. Muchas historias. En el Oxxo, en las cafeterías, en las filas del banco, en las salas de espera, en la calle, en los baños. Esas la he tomado prestadas. O me las robo, no estoy segura. Me tocan y las escribo. Los protagonistas ni siquiera saben que están ahí, entre las páginas de un periódico. Por lo general, no los vuelvo a ver. Son personajes transitorios que a veces pienso estuvieron ahí únicamente para que yo tuviera que escribir. A veces pareciera que me los invento. Pero luego me encuentro de nuevo a uno de esos personajes para recordarme que son reales. Volví a ver a la Señora Violeta, esa mujer ya más cercana a la tercera edad, que decidió dejar a su marido y cuya conversación de despedida escuché mientras esperaba me sirvieran un café. Me encontré de nuevo al Triste, el hombre con suéter viejo y ancho como su soledad.

Otras me las han prestado porque alguien más quiere contarlas. Ha habido quien se me acercó para dejar un pedazo de su historia en papel. Hay quien me cuenta historias, pero me pide no escribirlas, como si fuera yo una especie de confesor. Hay historias que he agradecido escuchar, y otras que hubiera preferido no conocer. Este año, en especial, me tocaron muchas historias desafortunadas. Pérdidas abruptas de gente cercana que no debió morir. Personas que decidieron dejar a sus parejas de varios años. Otros a los que más bien dejaron. Hubo quienes perdieron su empleo desde hace meses y a pesar de intentos constantes, no han podido encontrar nada. Conozco a quienes perdieron su forma de vida y su casa. Pareciera que la vida les dio la espalda. Pero también estuvieron aquellos que llevaban años buscando algo y lo encontraron cuando pensaron que ya no había esperanza.

He escrito sobre México en general y San Luis, mi México particular. Me he dejado llevar por el insomnio, donde no me sale escribir, pero no dejo de pensar en lo que escribiré. Me quedo siempre con más de lo que se publica. Todavía hay cosas que me guardo por el mero gusto de que sean mías.

Once años de escribir cada semana, salvo los días feriados donde no hay periódico, me parecen todavía, un abrir y cerrar de ojos. Son pequeños instantes, pequeñas cosas triviales que reconozco como mías. Me dan sentido. Así como la pluma que me regaló mi papá hace cinco años y que un día se me resbaló y se rompió de la punta. La taza de R2D2 que, sin tener fisuras, comenzó a chorrear, pero que aunque ya no sirva, la conservo. Las por lo menos siete versiones de mi tesis. El eneldo del huerto de mi casa, las botas mugrosas de mis hijos, la almohada de Marcos. Pequeñas cosas. Vivo y escribo por las pequeñas cosas.