Dentro de la historia de la literatura hay muchos ejemplos de obras que han hecho referencia al ejercicio del Poder, sus personajes y sus aristas.
Shakespeare dedica varias de sus creaciones a estos temas. En Ricardo III encontramos una importante referencia al engaño y la manipulación como forma de obtener y conservar el Poder. Ambientada en la Inglaterra del siglo XV, durante la Guerra de las Dos Rosas, entre las casas de York (a la que pertenecía Ricardo) y la de Lancaster.
“Pues bien, ya que no puedo actuar como un amante para matar el tedio de estos tiempos galantes, he decidido actuar como un villano y abominar de los huecos placeres de moda. Urdí conspiraciones, indicios peligrosos, valiéndome de absurdas profecías, de sueños y libelos para enfrentar a mi hermano Clarence y al monarca con un odio mortal; y si el rey Eduardo es tan leal y justo como yo soy astuto, falso y traicionero, hoy sin falta Clarence será encarcelado por culpa de una profecía que anuncia que “C” será el que mate a los hijos de Eduardo.”
Vemos en el personaje central de esta tragedia una clara intención de mentir y traicionar, tal y como ha sido la nota característica de quienes en México siguen las doctrinas del señor López, hoy expresidente.
En lo Nueve Libros de Historia de Heródoto, el autor griego señala: “De todas las miserias humanas, la más amarga es la mentira de los gobernantes.”
Un político que engaña a un pueblo mata la ilusión, los sueños de quienes creyeron en él; por esa razón, se condena a no dormir, a que los fantasmas de su mentira lo acompañe por siempre, como se dice en Macbeth, de Shakespeare:
“Creí escuchar una voz que gritaba ¡No volváis a dormir, que Macbeth mata el sueño, el inocente sueño, el sueño que teje sin cesar la mañana de las preocupaciones, la muerte del ir viviendo cotidiano, baño de la fatiga, bálsamo de las heridas de la mente, plato fuerte en la mesa de la Naturaleza, principal alimento del festín de la vida. […] Seguí escuchando el grito No volváis a dormir por todas partes, Glamis asesinó el sueño y por lo tanto Cawdor nunca más dormirá, Macbeth no dormirá.”
Macbeth ordenó el asesinato del rey Duncan, quien murió mientras dormía. En la quietud del sueño el ambicioso traicionó la confianza del monarca, al igual que quien convence con falsedades a un pueblo esperanzado en un cambio que nunca llegó, que se enterró bajo las argucias del tabasqueño demoledor de la democracia.
En Las Uvas de la Ira su autor John Steinbeck señala, hablando sobre las mentiras a la población: “Resultados, no causas; resultados, no causas. Las causas yacen en lo más hondo y son sencillas: las causas son el hambre en un estómago, multiplicado por un millón; el hambre de una sola alma, hambre de felicidad y un poco de seguridad, multiplicada por un millón; músculos y mente pugnando por crecer, trabajar, crear, multiplicado por un millón.”
Así se construye una esperanza endeble que es sorprendida por la falaz retórica de quienes usufructúan los beneficios de esa credulidad, cayendo en la trampa del espejismo de una supuesta democracia que oculta tras las nubes de la palabrería las abiertas fauces de voraces políticos que pregonan la austeridad que no practican.
En 1984 de George Orwell encontramos lo que se asemeja cada vez más al México actual en manos de los transformistas de cuarta. Leemos en la novela: “El Partido te dice que rechaces la evidencia de tus ojos y tus oídos. Esta es su orden final y más esencial.”
Por conferencia mañanera, se instruye la voluntad popular, lo que debe creer y lo que no. Cascadas de adjetivos y descalificaciones tratan de apuntalar en una supuesta voluntad popular la devastación del Estado mexicano.
“La guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza”, es como el Partido en 1984 se autodefine en este lema. El gobierno destruye la capacidad de la gente para pensar críticamente, haciendo que acepten la realidad que se les presenta sin cuestionarla.
@jchessal