Líquidos después de las 9 de la noche no son un buen consejo para dormir bien.
Pensar en pandemias, contingencias, tapabocas y medidas sanitarias tampoco lo son.
El celular ilumina un número: 3:52 am y mi mente crea un ruego implícito para poder conciliar el sueño nuevamente y pronto… los minutos trascurren con los ojos cerrados y la mente funcionando con preguntas sin respuestas. Persisten e insisten invadiendo la cabeza.
Doy vueltas acomodando almohada evadiendo el silencio profundo de un día que promete cierta inmovilidad. Me aseguro de estar lista para volver al sueño, pero nada. Invento respuestas y la mente divaga y se divierte elaborando teorías sobre “y si esto no estuviera sucediendo, porqué no lo vimos venir, qué hubiéramos evitado”, y un largo etcétera que se repite y se cicla en un bloque de pensamientos. Está fuera de mis manos
¿De qué estamos hechos o para qué fuimos hechos? Las versiones según las distintas religiones tienen respuestas basadas en la fe y en el dogma; no encajo en esa clasificación. La ciencia tiene otras que si bien no responden de manera directa nos trasmiten un grado de certeza diferente al que está inherente en los benditos que tienen fe.
Sin dejar de escuchar recomendaciones oficiales y científicas, algo parece no quedar claro.
Me lleva a imaginar el propósito social que esto puede llevar consigo; la manera de verle lo bueno -difícil pero no imposible- es una tarea que muchos nos imponemos a diario.
Sí, ya lo dicen los inspirados escritores, poetas, filósofos, sociólogos, psicólogos y psiquiatras y la gente común: el movimiento humano se detuvo, dejamos de desplazarnos, limitamos nuestro encuentro cotidiano, nuestras razones para intercambiar conversaciones y entonces sucedieron muchas cosas buenas aún en la incertidumbre de la escena mundial: pudimos estar en casa, andar descalzos, “tener tiempo”, agudizar los sentidos, cuidar de las mascotas y de la casa, “hacer vida práctica” como lo llama el sistema Montessori, pudimos estar sin la premura y el sobresalto de lo urgente que se confundía ya con lo importante y se desdibujaba de lo esencial. Apreciamos las rutinas que no tenemos hoy.
Se abrió una oportunidad para escuchar no solo a quienes quedaron cerca de nosotros, sino a nuestro cuerpo y nuestros pensamientos. En medio de las cataratas de información -y no información- que inundan nuestros sistemas electrónicos, está siendo posible sentir que somos algo más que una especie dedicada al consumo, a la búsqueda de satisfactores, a la caza de mejores oportunidades.
Entonces la tierra también pudo respirar, el cielo pudo apreciarse, la luna lucirse y el silencio escucharse. Este planeta abrió sus pulmones para respirar y las especies salvajes (si queda alguna) con las que no hemos terminado, están maravilladas de sentirse seguras sin la invasión humana.
Esperando que esto sea temporal, eventualmente regresaremos a reconstruir un mundo- una vida- que tendrá muchas ruinas metafóricas. A todo esto, deberemos priorizar nuestra esencia de tal manera que sea ella la que dicte nuestras acciones y no los mercados ni las bolsas de valores.
Así, para que no volvamos a tener una pandemia como motivo
de insomnio.