Lo que aprendí dejándolo ir

Desde que nació, supimos que nuestro Padawan mayor volaría pronto. No es que fuera una visión mística o una llamada del destino, es que los adultos a cargo decidimos que educaríamos a nuestros hijos para que tuvieran el mayor número de herramientas para que nos necesitaran lo menos posible. 

Desde el punto de vista de la maternidad tradicional, a veces pareciera que el éxito de una madre consiste en tener a hijas e hijos lo más pegados posibles a una, que, mamá gallina, se jacta de que los vástagos no mueven un dedo sin consultar a la madre. Para mí, que nunca fui Susanita de Mafalda, la idea de formar hijos es exactamente la contraria. 

El año pasado y con quince años de vidas a cuestas, mi hijo mayor emprendió su primer viaje de larga tirada en solitario. Durante los preparativos, no faltaron algunas miradas de reproche: “tan chiquito”, “con tantos peligros en el mundo”, “¿qué no pueden esperar a deshacerse de él?”… Yo no podía evitar mirar de regreso con cierto toque de compasión, porque la juventud no es necesariamente sinónimo de estupidez, los peligros están a la puerta de cada casa y no, no es que nos quisiéramos deshacer del Padawan, es que la independencia se aprende desde joven. Ningún pájaro empieza a volar si antes no lo sacan del nido. 

Este año, Padawan aprendió ciertas cosa y yo aprendí otras. 

Aprendí que querer que a mi hijo “no le pase nada” es una condena. Si no le pasa nada, entonces no vivirá nada. Debe aprender a vivir lo bueno, sí, pero también debe de aprender a lidiar con la soledad, con el enojo, con la distancia, con la frustración. Debe aprender a lidiar consigo mismo. Y para eso, debe estar solo Es su proceso, su aprendizaje.  

Aprendí que mis miedos no son los suyos. Por supuesto que me daba terror pensar en que viviría a más de dos mil kilómetros de distancia, que no estarían sus amigos ni su familia cerca. Pero él, con los nervios normales, estaba más bien emocionado por un ambiente distinto, por conocer personas diferentes, por hablar un idioma que no es el suyo. Yo tenía miedo, él no. Entonces, sería muy miserable si de alguna manera yo le transmitiera mis miedos y lo hiciera transformar su emoción en temor. Mis miedos son míos. Le puedo heredar muchas cosas a mi hijo, pero mis miedos no serán su herencia. 

Aprendí que juventud e inexperiencia pueden ser fuente de creatividad. A diferencia de los adultos, que ya tenemos fórmulas hechas para todo, una persona joven crea sus propias maneras de resolver las dificultades. Dos o tres baches en el camino, me hicieron ver que el escuincle que enviamos se las ingeniaba para torear dificultades, dolores y que salía airoso. Evidentemente, le falta experiencia, pero nada que los años no solucionen. 

Aprendí que la distancia puede acercar. Los kilómetros hicieron que mi chavo y yo fuésemos mucho más precisos en comunicarnos, que aprendiéramos a distinguir lo importante de lo intrascendente y que supiéramos que uno puede reír a carcajada batiente sin importar cuánta tierra haya de por medio. 

Aprendí que se puede extrañar profundamente a alguien y, al mismo tiempo, desear que siga lejos. Cuando lo fuimos a dejar al aeropuerto fue inevitable que las lágrimas me brotaran con una facilidad poco usual en mí. El resto del tiempo, sentí que me faltaba algo. Seguí poniendo, por ejemplo, cuatro lugares a la mesa por varias semanas. Y aún así, jamás quise que regresara antes de lo planeado. En la distancia sólo encontré espacio para que creciera el amor.

Sé que pronto el Padawan menor también se irá a vivir su propio ensayo y que si todo sale bien, más temprano que tarde ambos hijos dejarán nuestra casa para siempre y eso está bien. Nosotros seremos su puerto de descanso. Ellos tomarán sus propios rumbos. 

Mañana regresa mi hijo. Mañana empezaremos a conocer al joven en que se convirtió lejos de nosotros. Mañana podré platicarle todo lo que aprendí dejándolo ir.