Los árbitros

[Sugerencia: guarde este texto y léalo en el mes de marzo de 2023] 

La mejor forma de defender y justificar la autonomía de una institución consiste en cumplir a cabalidad la función por la que ha sido creada. Como Usted sabe, el día de ayer la Cámara de Diputados realizó -por fin- la designación de cuatro personas (dos mujeres y dos hombres) que desempeñarán la función de consejería del Instituto Nacional Electoral por los próximos nueve años. Estas nuevas consejeras y consejeros se integrarán a un colegiado que estaba incompleto desde el pasado mes de abril. Los desafíos que tienen por enfrentar no son menores: se integran a una institución que dota de certeza y normalidad a las contiendas políticas que suelen estar llenas de tensión.

En esto hay una buena noticia. Todo el procedimiento de designación de consejeras y consejeros estuvo sujeto a un inédito escrutinio público, lo que indudablemente se traduce en una enorme exigencia de imparcialidad y transparencia para quienes son responsables de su implementación. Ahora que está de moda hablar de nuevos tiempos políticos, celebro que toda la atención pública que se volcó en cada una de sus etapas, obligue a la Cámara de Diputados, a su junta de Coordinación Política, al Comité Técnico Evaluador -ojo aquí por que es una instancia constitucional y no una ocurrencia pasajera- y a los partidos políticos a demostrar que el procedimiento de designación de quienes fungen como árbitros electorales, se conduce con estrictos criterios que favorecen la selección de perfiles con amplios conocimientos técnicos, experiencia probada y, de ser posible, imparcialidad demostrable.

Es indudable que el diseño de los procedimientos de designación de consejeras y consejeros electorales puede perfeccionarse. La cantidad inédita de personas que nos registramos para participar en la convocatoria emitida por la Cámara de Diputados, no solo refleja el enorme interés público por formar parte de algo que es de todos -como los organismos autónomos ciudadanizados-, sino que la propia naturaleza pública de la convocatoria -donde es más abierta mientras menos requisitos exija- arrojará una amplia cantidad de perfiles heterogéneos de los que deben seleccionarse a los árbitros electorales. El reto siempre estará en el método de selección: ¿Privilegiaremos la formación académica? ¿los conocimientos técnicos? ¿la producción editorial? ¿la experiencia electoral? ¿el compromiso social? ¿la edad?. 

[Intermezzo: Le sugerí que guarde este texto y lo lea en marzo de 2023 porque será en ese momento cuando corra una nueva convocatoria para designar a 4 nuevas(os) Consejeras(os) del INE. Ya sea que lo guarde debajo del cristal que cubre al mueble de la tele -siempre hay papelitos importantes ahí-, o que lo almacene en un medio digital, vamos a tener que discutir esto dentro de unos tres años, más o menos. Es sugerencia.] 

La buena noticia es que las designaciones se dieron por un acuerdo -hay quien también le llama negociación- entre las fuerzas políticas presentes en el Congreso, frente a un amplio público que demanda árbitros imparciales. El amago por derribar un procedimiento ya avanzado, o la posibilidad de que ante la ausencia del acuerdo entre partidos haya conducido a la selección por insaculación -palabra técnica y medianamente elegante para llamar a un sorteo por azar- pudo haber sido visto por algunos como el fracaso de la política. 

Es buena noticia porque ninguno de los partidos políticos podría dolerse de que no tuvo cierta capacidad de incidencia en la decisión. Aquí puede ilustrarse la utilidad de la regla de mayoría calificada, donde se requiere de un determinado porcentaje -para este caso el 66%- de aprobación para que pueda validarse una decisión, lo que incentiva a los partidos a establecer acuerdos -insisto, algunos les llaman negociaciones- que suben la tara de acuerdo político para las decisiones importantes. No vaya a ser que un puñado de voluntades sea capaz de designar a un árbitro que regula todo el juego.

Y hablando de árbitros. Hace treinta años -en 1990-, ocurrieron muchas cosas importantes y/o memorables, como la creación del Instituto Federal Electoral (hoy INE) y la no tan relevante pero sí muy célebre final del mundial de futbol de Italia 90. Ningún árbitro de ningún deporte quisiera pasar a la fama de la manera en que lo hizo Edgardo Codesal en su polémico desempeño como árbitro central del juego disputado entre los equipos de Alemania y Argentina. Los árbitros están llamados a la objetividad, no al protagonismo.

Twitter. @marcoivanvargas