El elefante y la hormiguita se presentaron ante el búho, que era el juez de paz. Le dijo el elefante: “Queremos casarnos”. “¿Queremos? -acotó la hormiguita-. ¡Tenemos qué!”... Cachafina era dueña de una parte posterior que detenía el tránsito, aunque en su pueblo no había mucho. Bien sabía el imperio que ese atractivo del cuerpo femenino ejerce sobre los varones que tienen el alma en su almario, de modo que lo ondulaba al caminar, al modo de Marilyn Monroe cuando va a tomar el tren en “Some like it hot” -”Una Eva y dos Adanes”-, la película con mejor final en la historia del cine. (1959, dirección de Billy Wilder, con Tony Curtis y Jack Lemmon). En forma tan ostensible meneaba Cachafina su espléndido tafanario que un día el padre Arsilio le preguntó: “Hija mía: ¿vendes tus pompas?”. “No, padre” -se azaró la voluptuosa fémina. Le indicó el sacerdote: “Entonces no las anuncies tanto”... Mis cuatro lectores no me lo creerán. Yo mismo no lo creo. Pero hay más cosas en los cielos y en la tierra que cuantas alcanzaron a soñar todas mis filosofías, (Shakespeare, Hamlet, acto I, escena V). Me propuse plantar una chayotera en el solar de la casa del Potrero. Quería formar una enramada para que bajo su sombra la amada eterna y yo pudiésemos mirar caer la tarde, lo cual es casi como mirar caer la vida. Llevé entonces los chayotes que servirían de semilla. Don Abundio, el viejo cuidador del rancho, me dijo: “Hay que plantarlos en números impares: uno, tres, cinco. Si se les planta en números pares no brotan”. Así lo hicimos. Pero yo, de natural escéptico, y de sobrenatural más, no creí en la creencia del ranchero, y disimuladamente saqué un chayote del hoyo donde habíamos plantado tres, de modo que ahí quedaron solamente dos, número par. Fue el único punto de la hilera donde la planta no salió. “No me lo explico” -se desconcertó don Abundio. Yo sí me lo expliqué, pero no se lo dije: a veces el escepticismo no cree en el escéptico. He aprendido a valorar la sabiduría del campo. Miro la luna en creciente para saber si lloverá. Si está con los cuernitos hacia arriba, como una jicarita, es que no lloverá. En cambio, si está inclinada, eso significa que la jicarita dejará caer su agua en la forma de la lluvia. Tampoco en eso creía yo; también en eso creo ahora. ¿Los años me estarán haciendo crédulo, como al don Guido de Machado? Dios me libre. Vuelvo a los chayotes. Magnífica medalla puso la Presidenta Sheinbaum en la solapa de Reforma cuando dijo que este periódico no recibe ingresos del Gobierno. Al decirlo está indicando que es un medio independiente, libre, no chayotero, como las empresas y personas que viven de alabar sistemáticamente al régimen y de callar sus vicios. Declaro aquí mi orgullo por formar parte desde hace 44 años del Grupo Reforma, cuya independencia y libertad son ejemplares. A tal orgullo añado mi agradecimiento a sus editores. Seguiré en estas páginas hasta que ellos o el Misterio así lo determinen... El dragón había raptado a la hermosa princesa Guinivére. Sir Galahad, noble y valeroso caballero, llegó en su caballo blanco. Lanza en ristre acometió al monstruo, lo puso en fuga y rescató a la doncella. En recompensa ella le otorgó su mano. La noche de las bodas Guinivére vio a sir Galahad al natural y exclamó decepcionada: “¡Uf! ¡Si he sabido esto habría preferido al dragón!”... “Mis intenciones son castas y honestas, Dulcibella -le aseguró vehementemente el joven Leovigildo a la preciosa chica-. Te lo digo con la mano puesta sobre el corazón”. “Está muy bien -aceptó ella-. Pero creo que deberías poner la mano sobre tu corazón, no sobre el mío”... FIN.