La semana pasada en este espacio, sostuve que la reforma electoral ha entrado ya en una fase de definición real y advertí que, bajo la bandera de la austeridad, se pretende reducir consejerías del INE y de los OPL sin un sustento técnico serio sobre ahorro o eficiencia. Pero la alerta principal está en otro punto: el posible traslado de la designación de consejerías de los OPL al Senado, una medida que no corrige una falla pública evidente, sino que arriesga devolver al arbitraje electoral local a la lógica de cuotas partidistas y debilitar su autonomía.
La noticia del día de hoy -mientras escribo estas líneas- está relacionada con que la presidenta Sheinbaum ha presentado públicamente una lista de 10 puntos que constituyen al contenido de su propuesta de reforma electoral. En otra entrega le hablaré sobre la dificultad que existe para que las ideas, como están propuestas, puedan ser aprobadas, en principio, por los partidos políticos que forman la coalición legislativa del bloque oficialista.
Pero hoy le voy a hablar de la odiada representación proporcional y lo que hoy sabemos sobre la propuesta de reforma que tiene implicaciones que podremos saber con precisión hasta conocer los detalles de la misma. El diablo está en los detalles. Dicen.
La representación proporcional en México no apareció para regalar curules a nadie. Surgió, primero, como un intento precario de abrir grietas en un sistema prácticamente monopólico —los “diputados de partido” de 1963— y se volvió una pieza de fondo con la reforma política de 1977, cuando el Estado mexicano aceptó, al fin, una verdad incómoda: que una democracia no se mide sólo por quién gana, sino también por la posibilidad real de que las minorías existan, hablen y disputen. Desde entonces, los llamados plurinominales han cumplido una función que suele olvidarse en el ruido de la coyuntura: corregir la brutal desproporción que producen las mayorías y evitar que el voto mayoritario se convierta, por simple mecánica, en un poder casi absoluto dentro del Congreso.
Sin embargo, sobre esa figura se ha construido una confusión narrativa eficaz pero intelectualmente pobre y perezosa. López Obrador insistió en que había que desaparecerla porque era cara, porque mantenía a legisladores que no representaban a nadie y porque servía, sobre todo, para premiar acuerdos de cúpula. Claudia Sheinbaum ha desplazado el énfasis, pero no el blanco: no critica tanto el costo sino la legitimidad, bajo la idea de que quienes lleguen al Congreso deben “bajar” a buscar el voto del pueblo y no arribar por listas partidistas. El problema de fondo permanece: se sigue presentando como si el defecto estuviera en la representación proporcional misma. Y ahí está la trampa. Porque una cosa es cuestionar con razón que las todas las dirigencias partidistas usen las listas como botín, refugio o mecanismo de premio; y otra, mucho más grave, es usar ese abuso para desacreditar el principio que garantiza pluralidad.
Lo que ha propuesto el equipo de trabajo de Sheinbaum para la Cámara de Diputados es un sistema híbrido entre “mejores perdedores” y listas abiertas. Primero se partiría de la fórmula existente de representación proporcional -esa que establece cuántas diputaciones recibe cada partido- para luego asignarlas con tres mecanismos: 97 candidaturas que no ganaron pero que obtuvieron los mejores resultados absolutos en su partido, 95 por votación directa -lista abierta, lo que implica otra boleta- por partido en donde se elegiría un hombre y una mujer y 8 diputaciones de mexicanos residentes en el extranjero. Para el Senado se eliminan 32 escaños que eran un equivalente a la Representación Proporcional por listas nacionales.
De prosperar, tendremos que entrar a explicar el funcionamiento de este mecanismo y la lógica que se encuentra detrás de este diseño. Hoy le quiero adelantar solamente dos reflexiones: ¿si vamos a votar diputaciones por lista abierta ¿va a pasar el mismo fenómeno de los acordeones? ¿y ya se definieron los mecanismos por los cuales se van a hacer los ajustes (reasignar diputaciones) para garantizar la conformación paritaria?. Pregunto en buen plan.
La caminera
México es ejemplo de la distopía en que vivimos: un hacker usó a Claude (una inteligencia artificial) para robar 150 GB de datos públicos a agencias gubernamentales. La IA “ética” acabó de cómplice y el Estado, fiel a la costumbre, no reconoció sus vulnerabilidades. Esto está ocurriendo. Y nadie hace nada, dicen los clásicos.