No son nuevas las agrupaciones alrededor del vino: desde el simposio griego —que no funcionaba como una simple comida, sino como una institución social bien estructurada, con participantes recurrentes, una regulación y un sentido que recogía conversación filosófica, poesía y música— hasta los clubes de cata contemporáneos, pasando por el convivium romano —de con + vivere, es decir, vida alrededor de la mesa, del vino—; el contraste de la dieta monástica, los banquetes jerárquicos y la taberna medieval; el comer y beber como arte humanista de Erasmo; el nacimiento del “buen gusto” en los salones franceses ilustrados y los cafés bohemios de los intelectuales y artistas finiseculares… estas comunidades han existido en distintas formas y práctimente en todas las épocas de la cultura occidental.
Pero nunca antes ha sido tan extendido este enfoque colectivo hacia el vino: las cofradías, que evolucionaron de un sentido económico (reuniones de viticultores, toneleros, comerciantes), gremial, a un sentido hedonista, de identidad cultural, entre los siglos XIV y XVII, continuaron cambiando según el espíritu de la época, como en la Ilustración, en donde se pasa de la hermandad a la custodia racional de un gusto academicista, con un enfoque racionalista, técnico. Con la aparición de la filoxera en Europa estas sociedades entran en crisis para resurgir en la posguerra con lujo de teatralidad (capas, medallas, juramentos), con base en la fundación de las denominaciones de origen.
En nuestros días, las peñas y clubes del vino se han diversificado enormemente: existen todo tipo de asociaciones formales, en donde se lleva el conocimiento técnico a un extremo; barras de vino “natural”, que contrastan con la ortodoxia de los anteriores y tienen una vocación de rechazo a la técnica y a la tradición; cofradías patrimoniales o de turismo cultural; cofradías académicas; cofradías lúdico-identitarias; incluso han proliferado los festivales, que se realizan a partir de un nicho regional, nacional o segmentado en estilos, variedades de uva o registros de evaluación crítica. Lo importante es que el vino ha creado y sigue creando comunidad, aunque ahora sea más por elección o deseo de pertenencia y estatus que por herencia o necesidad.
Podemos contar infinidad de formatos: reuniones temáticas familiares o de amigos; clubes del vino en donde se compromete una compra periódica; cenas maridaje promocionales de bodegas, distribuidores o regiones; peñas que se centran en una variedad de uva o en una región; clubes sociales o académicos con capítulos enológicos; escuelas de sommeliers; sociedades gastronómicas; grupos de redes sociales, etc.
Algunos ejemplos de estas agrupaciones son, en Francia, la Confrérie des Chevaliers du Tastevin, que supone la cofradía como diplomacia cultural, mientras que la Confrérie de Saint-Émilion mantiene una continuidad reguladora medieval. En España, la Cofradía del Vino de Rioja y la Cofradía del Cava actúan como pedagogía territorial e instrumento identitario. En Portugal, la Confraria do Vinho do Porto protege el origen, mientras que en México las cofradías contemporáneas cumplen una función fundacional: crear tradición allí donde antes no existía continuidad histórica o, también, la importación de algunas tendencias globales, como es el caso de la Chaine des Rotisseurs.
En la siguiente entrega analizaremos, caro lector, algunas de las características y motivaciones que parecemos exhibir los individuos que nos enlistamos en algunos de estos grupos. Viene lo divertido.
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