Los idus de marzo

Ayer fue 15 de marzo, fecha que en Roma tuvo una importancia destacada, pues fue el día en que Julio César descubrió que el peligro no siempre viene del enemigo declarado, sino del círculo cercano, del que acompaña, sonríe, jura lealtad y en el momento decisivo decide cobrar su propia importancia con un golpe inesperado. Los idus, que en el calendario romano eran una fecha señalada del mes, quedaron para siempre asociados al asesinato de César. 

No es difícil entender por qué la escena sirve para pensar lo ocurrido esta semana con la reforma electoral de Claudia Sheinbaum. El 11 de marzo, la propuesta fue rechazada en la Cámara de Diputados al no alcanzar la mayoría calificada. La fractura no vino de la oposición, que para eso está, sino de los socios incómodos de la coalición gobernante, el Partido del Trabajo y el Partido Verde, cuya negativa exhibió una fisura que el oficialismo prefería mantener envuelta en el discurso rutinario de la unidad. Ahora la presidenta ha dado a conocer un Plan B para reencauzar su agenda por otra vía. 

Lo interesante del episodio no es sólo el contenido de la reforma, lo verdaderamente revelador es la naturaleza moral del momento. Porque aquí hay dos pasiones viejas, tan viejas como Roma, una la soberbia y la otra la venganza. La soberbia de los partidos-franquicia que de pronto descubren que pueden detener al grande y sienten el vértigo de ser indispensables. Y la venganza del Poder herido, que no se presenta como berrinche sino como reposicionamiento. Se la deben a Claudia Sheinbaum y ya se ha visto que ella sabe cobrar, y caro, las afrentas.

En política, la soberbia de los pequeños suele adoptar la forma de una gran revelación íntima, con una frase: “sin mí no puedes, me necesitas”. Durante años, los aliados menores aceptan su papel de acompañamiento, de comparsa con prerrogativas, de socio necesario pero subordinado, de patio trasero. Sin embargo, llega un momento en que se cansan de asentir, de votar, de aparecer detrás del logotipo y el color principal. Quieren probarse a sí mismos que todavía existen y entonces ensayan el desacato y la rebeldía.

Eso parece haber ocurrido aquí. PT y PVEM no sólo votaron contra una iniciativa, le quisieron mandar un mensaje a la presidenta. Dijeron, palabras más, palabras menos, que la aritmética del régimen no depende exclusivamente de Morena, que ellos saben contar y que se les requiere para contar bien. En ese gesto hubo algo más que diferencia estratégica, estuvo presente la soberbia del subordinado que por un instante se siente emperador.

Pero el Poder presidencial, sobre todo en México, rara vez deja sin respuesta una humillación pública. No necesita hacerlo de manera estridente, le basta con redibujar el escenario. Ahí es donde el Plan B adquiere un significado más interesante que el puramente legislativo, ya que puede leerse, por supuesto, como intento por rescatar una parte de la agenda después de una derrota, pero también puede leerse como un movimiento de recuperación del mando. Y venganza.

Si PT y PVEM votan en contra y no pasa nada, la lección para todo el oficialismo sería peligrosa, ya que demuestra que desafiar a la presidenta sale barato. Si, en cambio, después del agravio viene una nueva jugada que los obliga a recular, a alinearse o a pagar el costo político de volver a desmarcarse, entonces la pedagogía del poder queda restaurada. El mensaje ya no sería “la coalición se fracturó”, sino “el que la hace la paga”.

La fecha sirve para recordar que las crisis del poder casi nunca comienzan con el enemigo enfrente, empiezan cuando los cercanos, los amigos, creen que pueden herir sin consecuencias; empiezan cuando los partidos satélite olvidan que una cosa es ser necesarios y otra muy distinta ser soberanos; empiezan cuando el liderazgo central es obligado a escoger entre tolerar la insolencia o cobrarla.

En Roma, los idus de marzo fueron puñales. Aquí basta la fría memoria de quien gobierna, que la tiene.

X: @jchessal