Los maestros nunca mueren

Hay quienes dicen que se hicieron a sí mismos. Y se les agradece, pues a nadie le echan la culpa de lo que son. Y de lo que no son. Por mi parte debo decir que soy lo que me hicieron ser mis padres y mis maestros, a más de otros incontables seres humanos de los que recibí a lo largo -y ancho- de la vida ejemplo y enseñanza. Si algo bueno hay en mí es obra de ellos; lo malo es de mi propia y exclusiva creación. Hace unos días asistí a un bello acto. La empresa de comunicaciones Grupo Zócalo, mi generosa casa de trabajo en el centro y el norte de Coahuila, presentó un libro de expresivo título: “Maestros que dejan huella”. En él rinde homenaje a 50 hombres y mujeres que en las aulas han forjado a varias generaciones de niños y de jóvenes. Un comunicador ejemplar, Jesús Jiménez Álvarez, Chuchuy, querido por todos, y por todos admirado, los entrevistó para ese libro, y recogió de ellas y ellos conceptos aleccionadores y valiosos acerca de la tarea educativa. El volumen, pulcramente editado, está presidido por el nombre de don Francisco Juaristi Septién, cuya fecunda labor ha engrandecido el periodismo coahuilense. En la ceremonia donde se presentó el libro la palabra de Francisco Juaristi Santos, continuador de la dinastía, puso una nota de emoción que suscitó el aplauso de la nutrida concurrencia por la calidez de sus evocaciones y lo expresivo de su gratitud a la gente de Saltillo que le brindó  al mismo tiempo afecto y enseñanza. Me conmovió también mirar entre las imágenes de los homenajeados la de mi inolvidable hermana Odila, educadora infatigable, mujer culta y sensible que goza ya de paz. La tarea del maestro es una hermosa alfarería moldeadora de espíritus y mentes. Los maestros nunca mueren: siguen viviendo en quienes fueron sus alumnos. Expreso aquí mi agradecimiento a las familias Juaristi Septién y Juaristi Santos, lo mismo que a Chuchuy Jiménez Álvarez, por el regalo que con esta obra nos hicieron. También ellos son maestros. En las páginas de ese libro, y en la práctica diaria de su oficio, está su magisterio. Séame permitido ahora transitar por caminos diferentes... Babalucas trabajaba para el herrero del pueblo. Le dijo el hombre: “Pondré esta herradura en el yunque. Cuando mueva la cabeza golpéala con el mazo”. Ahora Babalucas es el herrero del pueblo... En el Bar Ahúnda un individuo se molestó con otro de la mesa vecina. Le dijo: “Tenga cuidado, amigo. Soy hombre de pocas palabras”. “¡Ah, qué bueno! -se alegró el otro-. ¡Le vendo un diccionario!”... Bardonio Liro, poeta municipal, leyó sus últimos versos en la tertulia de la rebotica. (Desgraciadamente no eran los últimos: eran sólo los más recientes). Empezó, magnílocuo: “En las aguas del río Tejo.”. Lo interrumpió uno: “Es ‘Tajo’”. Siguió Bardonio: “La luna se reflejaba como en un espejo”. Se volvió hacia el otro: “¿Ya ves, pendejo? No es ‘Tajo’, es ‘Tejo’?”... Acabada la boda los felices novios salieron del templo. En el atrio un individuo se acercó al recién matrimoniado y le dijo en voz baja señalando a la novia: “Pst pst. Ronca mucho”... El encargado del par de hipopótamos en el zoológico le pintó con bilé los enormes labios al hipopótamo hembra, y le puso un moñito de color de rosa. Explicó: “Ya estoy cansado de que le gente me pregunte cuál es el macho y cuál la hembra”... La bella Carilinda le anunció a su novio Generino que estaba un poquitito embarazada. Bien dice la sentencia popular: “De abracijos y besijos nacen hijos”. “Caramba, mi vida -se consternó el galán-. Yo te pedí una prueba de amor, no de fertilidad”. (Apechuga, Generino. Al mal paso darle Gerber)... FIN.