Los niños héroes

De unos años a la fecha pareciera que se ha desatado una fiebre de revisionismo a la historia mexicana; así, surgen una serie de autores que amparados en su papel de nuevos artífices de una historiografía no oficial, se han dedicado a fabricar una que se encuentra apuntalada en falsificaciones y distorsiones de la realidad.

Algunos de éstos, asumiendo un papel ficticio de historiadores serios, han hecho creer a sus lectores que lo narrado por ellos es una verdad absoluta que debe contraponerse legítimamente a lo que por tradición se nos enseñó como historia patria durante generaciones.

El problema no son, desde luego, estos autores, ni lo que escriben, ni quienes los leen, sino que sea llevado a nivel de cierto lo vertido ficciosamente con fines de mercadotecnia editorial. Pensemos pues en Armando Fuentes Aguirre, Catón; Juan Miguel Zunzunegui, y Francisco Martín Moreno, quienes sin otro interés que el monetario, vierten y llevan al papel –pasando por encima del mínimo recato–, una serie de falacias que según ellos no tiene otro objetivo que sacar del error en que el embaucador estado mexicano ha mantenido por décadas a la totalidad de los mexicanos. Sólo entonces, quienes los lean y crean sus dichos, serán los inteligentes deseosos de conocer la historia verdadera, y de sacudirse de los ojos y del entendimiento, el velo de la opresora historia oficial.

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Cierto es que la historia nacional que se nos enseña en las escuelas públicas, dista substancialmente de la que se nos enseña en las escuelas privadas, principalmente confesionales; esta enseñanza, sin embargo, no tiene otra finalidad que contribuir en la formación de los niños y adolescentes que acuden a ellas en búsqueda de instrucción.

Así, mientras en las escuelas oficiales se ponderará el papel de los mexicas y el atlético Cuauhtémoc, porque nosotros éramos muy sanos hasta que los españoles nos trajeron las enfermedades, en la escuela confesional se hablarán maravillas de los hechos de Cortés y los evangelizadores, que bueno que nos conquistaron y trajeron la palabra del dios verdadero, si no seguiríamos sacrificando gente y comiendo sus corazones. Luego la independencia nos enseñará que Hidalgo o Iturbide, según la escuela, es el verdadero padre de la patria.

Entrar al tema del juarismo resulta espantoso, mientras en unas se pondera hasta el ditirambo, en otras se le desea a él y a todos los liberales, el círculo más terrible del infierno dantesco. Del porfiriato, la revolución, el obregonismo, el callismo y el cardenismo, ya ni hablar, porque es ponernos a parir pitayas.

El punto central, a pesar de argumentos ideológicos a favor o en contra, es resaltar la figura heroica de aquellos que nos antecedieron y contribuyeron a engrandecer a nuestra patria.

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Septiembre, que ha sido denominado el mes de la patria, resulta un interesante muestrario de festividades de nuestro calendario cívico. El día 13 conmemoramos la gesta surgida durante la invasión estadounidense en septiembre de 1847, son los niños héroes quienes ocupan el papel central de la epopeya; viene luego el inicio apasionante del levantamiento que permitió liberarnos de los tres siglos de la injusta dominación española, para cerrar, el 27 de septiembre, fecha que por cierto pasa casi desapercibida, con el aniversario de conclusión de la independencia.

No es ocioso dedicar una breve explicación a cómo surge en el imaginario, y en la tradición patriótica, el festejo que nos permite recordar a los heroicos cadetes del Colegio Militar que ofrendaron su vida frente a las balas invasoras, para tratar de contener el avance estadounidense sobre la Ciudad de México.

A decir de los cronistas de la época, Antonio García Cubas, Manuel Balbontín, Guillermo Prieto, y José María Roa y Bárcena, luego de la breve tregua seguida a la batalla de Molino del Rey, el día ocho de septiembre, se libró la batalla por el control y la defesa del cerro de Chapultepec, en cuya cima se encontraba el edificio sede del Colegio Militar.

Todos los cronistas referidos, testigos presenciales de los hechos bélicos, coinciden en señalar al Batallón de San Blas como el cuerpo neurálgico en la defensa del bosque y cerro, mismo que luego de ser aniquilado casi en totalidad, permitió el avance de los invasores y generó que la defensa del llamado castillo, recayera propiamente en los cadetes del Colegio.

La tradición señala que la mayoría de ellos pereció en la batalla librada en ocasiones cuerpo a cuerpo, mientras que un reducido número (entre los que se encontraban José Tomás de Cuellar, Miguel Miramón, y Leandro Valle) fue tomado prisionero. La tradición, por décadas nos indicó los nombres de seis de los jóvenes muertos; sus nombres los recordamos a fuerza de escucharlos permanentemente; los cronistas, curiosamente, sólo mencionan al teniente Juan de la Barrera.

Se preguntará el lector si existieron entonces, ya que los testimonios de la época son irrebatibles; existieron sí, pero no fueron seis como se nos ha hecho creer, sino una mayor cantidad. La forma en cómo se fue construyendo la historia, es interesante.

Durante muchos años se señaló que Juan Escutia, aquel de quien se dice se arrojó con el lábaro patrio envuelto en su cuerpo, había ingresado al Colegio, pocos días antes de la acción armada del día 13, por tanto nunca hubo oportunidad de inscribirlo formalmente. Luego, durante el porfiriato, siendo subdirector del Colegio el coronel Manuel Plata, se habilitó e incorporó su documentación a los archivos; fue entonces hecho cadete de manera póstuma.

Plata, es conveniente decirlo, fue ascendido a Divisionario por el presidente Madero, a quien permaneció fiel, y luego del asesinato de éste, se negó a colaborar con el gobierno golpista, solicitando su retiro, falleciendo en 1926. Luego de su jubilación trabó amistad con Antonio Fernández del Castillo a quien en repetidas ocasiones refirió conocer el lugar exacto en el que habían sido enterrados, seis de los cadetes del Colegio.

En 1947, con motivo de la conmemoración del centenario de la batalla de Chapultepec, el general Gilberto R. Limón, nombró una comisión dirigida por el ya mencionado Fernández del Castillo, para localizar los restos óseos de los cadetes del Colegio, los cuales fueron localizados, tras excavar en diversos sitios, el 25 de marzo de ese año, hacia las 11 de la mañana.

Seis días después, los antropólogos del Instituto Nacional de Antropología, Luis Limón Gutiérrez y Felipe Montemayor, determinaban haber identificado los restos de seis cadáveres, cinco de ellos de adultos jóvenes y otro de uno mayor de edad, casi no dejan duda de que son en efecto los restos de los seis héroes muertos en Chapultepec, pues debe tenerse en cuenta que el teniente Juan de la Barrera debe haber sido de mayor edad por el cargo que desempeñaba.

Vinieron luego otros dos o tres sesudos y bien documentados reconocimientos de historiadores que presentando conclusiones irrebatibles, autentificaron los restos. Finalmente, el 28 de octubre de 1947, Miguel Alemán Valdés, presidente de la República, emitía el Decreto por el cual se reconocen oficialmente los restos de los NIÑOS HÉROES DE CHAPULTEPEC.

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Queda claro que si bien, los restos hallados correspondían a jóvenes héroes de la acción armada referida, no es nada probable que sean los de los llamados niños héroes, queda claro también que esta linda historia no fue producto del dolo o la perversión estatal, sino de la necesidad de incorporar la figura del niño-adolescente al imaginario de héroes existentes, fomentando así los valores de patriotismo dentro de la niñez mexicana. Es algo que no se puede criticar bajo la etiqueta del mal, ¿a ustedes sus papás no los engañaban en diciembre con los regalos, o con el ratón de los dientes?, ¿ustedes no engañaron a sus hijos?, ¿dirían que fueron malosos?

Debí escribir en esta columna sobre los dislates cometidos por el ex diputado Fernando Chávez, el sábado de la semana pasada al llamar al músico Julián Carrillo, general, o por nuestro gobernador durante esta semana, cuando festejaba los 195 años del Sistema Educativo Estatal Regular, pero bueno, creo que tristemente la cultura regional y nacional no son el fuerte de nuestros políticos actuales, al menos en San Luis Potosí. Y los que vienen, están peor, presiento.

Ya el próximo sábado espero volver a las banalidades que habitualmente escribo, las fechas ameritaban un recuerdo de honor, para los héroes de Chapultepec.

Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado festivo; disfrútenlo y a excederse, es fiesta patria. ¡Viva México!