Seamos honestos. A dos días de navidad, nadie lee nada. Cualquier cosa que una escriba está destinada irremediablemente a caer en el olvido. Me consuela saber que, en general, cualquier cosa que escribo es ampliamente olvidable. No, no es que me tire para que me levanten, es que afortunadamente y después de trabajar diario por cuatro años entre documentos antiguos, me doy cuenta de que en realidad uno necesita ser tremendamente excepcional para acabar en un repositorio que alguien, en algún momento, consultará para después escribir cualquier cosa.
Hace poco platicaba con una joven investigadora deseosa de ser una lumbrera en su campo. Por x razón entablamos una conversación donde ella me dijo que lo suyo era ser inteligente y no bonita. A mí me llamó la atención porque ciertamente la chica no es nada desagradable a la vista, pero ella insistía que justo porque lo suyo eran las ideas y no los looks, deseaba ser una investigadora prestigiosa, de esas que salen en la tele, consultan en el radio y escribe en el periódico. Yo completé que entonces lo que quería era fama. Y me dijo que no, que bueno, que más o menos, o bueno, sí. Me dio risa. Me pareció absolutamente adecuado con su juventud ese deseo de entrar en cualquier salón y atraer miradas cual imán. El paso del tiempo, sin embargo, ordena prioridades. No dije nada. Ya aprenderás las lecciones.
Cuando camino entre los pasillos de ese fantástico lugar que por el momento me toca custodiar, a fuerza se entiende que por más fregón que uno sea en cierto momento, o por más importante que te creas o que te digan que eres; lo que haces, si bien te va, acaba en dos o tres cajitas de cartón de 10 centímetros de ancho que a lo mejor nadie va a consultar en años. Así acaba la vida de los poderosos, los famosos, los notables. Encajada. Queda algo de lo que escribieron, de lo que ordenaron, de lo que dijeron. El resto, es bagazo. Eso, lejos de angustiar, otorga un sentido de paz para quienes se angustian creyendo que lo que hacen es relevante, de vida o muerte. Porque, en realidad, pocos son los que sí deciden vidas y destinos, pocos los que harán que sus acciones sean determinantes para la humanidad. El resto de nosotros no somos así de importantes, y, consecuentemente, tenemos la libertad de ser intrascendentes, de decidir sin presiones, de regarla magistralmente sin que haya mayores consecuencias. Entender eso, quita pesos de la espalda y otorga la ligereza que a ratos seguramente envidian los importantes.
Ahora, eso no significa que los no importantes estemos condenados a la mediocridad. Que tengamos un círculo mucho más pequeño de acción, no nos condena a la irrelevancia, sino que más bien nos obliga, a diferencia de los importantes, a ver las consecuencias de nuestras pequeñas acciones. Los importantes trabajan con masas que no siempre verán. Nosotros atestiguaremos el efecto que tendremos sobre los demás. Y eso, no es poca cosa.