Los perros de la reina

Isabel II ha dejado a sus perros huérfanos. Desde el día de su muerte, el destino de los perros ha sido uno de los temas más seguidos entre el público. Mucho más que la intención de Antigua y Barbuda para llevar a cabo en los siguientes tres años, un referéndum que finalmente podría declarar ese estado como republicano y presidencialista, dejando la figura del ahora rey, Carlos III, de lado como jefe de estado. Seguidísimo ha sido también la reacción de desagrado y las manías del nuevo monarca, afirmando que el hombre necesita 2.5 cm de pasta de dientes para asearse y que gusta que le planchen las agujetas de los zapatos. También el mundo estuvo pendiente de la retrasada reunión de los dos príncipes, uno de ellos llamado ahora Príncipe de Gales, y sus respectivas esposas después del encontronazo que la pareja más joven causó al otorgar una entrevista sensacionalista a Oprah.

Tiene mucho menos visitas en internet el renovado debate sobre la utilidad de la monarquía, cuya existencia muchos justifican por fines meramente turísticos: la gente viaja para ver a la familia real y en eso hay dinero nada despreciable involucrado.

No es que el destino de los animales a la muerte de sus cuidadores no sea importante, pero en este caso, difícilmente encontraremos caninos mejores arropados en la tierra. No los echarán a la calle, ni se quedarán sin comida. Lo que es de llamar la atención, es el interés por desmenuzar la vida de los miembros de la familia real inglesa, perros incluidos. Y, sin embargo, probado está que a las personas, nos gusta el chisme. Enterarnos de la vida de los otros y de situaciones lejanas, fue utilizado, según sociólogos y antropólogos, como herramienta de subsistencia. Los antiguos viajeros eran minuciosamente interrogados sobre caminos y poblaciones que visitaban, en aras a estar listos para futuras invasiones o bien, preparar migraciones enteras. Era necesario el cotilleo de la corte para saber los ánimos y protegerse de tal vez ser decapitado por un rey malhumorado. Ahora, la necesidad de saber sobre la vida de los demás tiene una limitada pero importante función: descansar la actividad cerebral durante el día, haciendo que la actividad intelectual baje de niveles, cosa que en una época cargada de estímulos informativos, resulta necesaria.  El chisme relaja.

Aunado a esto, cada vez es más claro que la vida cotidiana de la gente ordinaria, ya no es suficiente. Por tanto,  la vida de los otros, televisada, glamorosa y extraordinaria, nos hace salir de la monotonía y despierta emociones que difícilmente encontraremos en una vida común y corriente. Buscamos entonces sentir lo que los otros nos provocan. De ahí el éxito de los reality shows o de la revista Hola.

Al mismo tiempo, el morbo que nos causan las acciones negativas, tiende a enraizarse en nuestra mente mucho más que cualquier otro tipo de acciones. En un artículo publicado por la revista Science en el 2011, se reportó que ante una acción buena, otra indiferente y una percibida como negativa, prevalecerá la última; haciendo incluso que los protagonistas de ésta, sean mucho más fácilmente reconocidos que cualquiera que ande haciéndola de Teresa de Calcuta. 

Entonces, resulta fácilmente entendible que el interés por las notas posteriores a la muerte de Isabel II sean las que arrasen con las consultas en internet y sean punteras en las notas más leídas, incluso si son, dentro del gran curso de la historia de la humanidad, las menos trascendentes. 

El interés por la vida de los ricos y famosos no dejará de estar. Uno puede optar por vivir de pura cosa seria, o de vez en cuando, permitir preguntarse dónde van a quedar los perros de la reina.