Aunque este año ha sido atípico en cuanto al clima en nuestro Estado, llevamos desde finales de abril con calor y nos restan un par de meses con temperaturas altas. Pensar en descorchar una botella de vino tinto con mucho cuerpo para acompañar un estofado burbujeando, potente y especiado, apetece menos que una comida ligera, ensaladas, pescados, mariscos, acompañada por un vino muy fresco.
Es común escuchar una frase que dice algo así como “el mejor vino blanco es el tinto”. Nada más fuera de la verdad. Esta chocante sentencia no hace más que desenmascarar una muy limitada experiencia vinícola. Las ventajas que los vinos blancos, espumosos, rosados y los vinos de postre tienen sobre los tintos son numerosas, especialmente para su consumo en un clima como el nuestro.
Lo primero es que hay que tomar en cuenta es la diversidad enorme de uvas, procedencias y estilos que existen en el mercado. Hay vinos blancos de cuerpo ligero, de cuerpo completo, de variedades aromáticas o más neutras; los hay de todas las regiones que producen vino en el planeta; con paso por barrica, sin él; súper secos, secos, semi dulces, dulces... Está también la cuestión de que, según mi opinión, en un futuro cercano, nuestro país encontrará que tiene una vocación natural para producir blancos de magnífica calidad.
También hay que pensar que los vinos blancos, rosados y espumosos contienen en general menos alcohol, se beben a una menor temperatura y tienen esa magia de la acidez que los hace muy frescos: son mucho más versátiles a la hora de maridar que los tintos. No hay por qué limitarse al pescado. Una gran cantidad de frutas van maravillosamente con un semi dulce; las ensaladas van muy bien de la mano con un sauvignon blanc y sus notas de pimiento y chile verdes; los quesos suaves con los vinos suaves y los quesos fuertes con los chardonnays maduros y corpulentos o con los vinos de postre; las pastas frías o con salsas poco condimentadas con los blancos secos; los espumosos, el champán, van prácticamente con todo. Las opciones son ilimitadas.
Finalmente está la cuestión del precio. En general, los vinos blancos, rosados y espumosos cuestan una fracción de su equivalente en calidad de las uvas tintas. Aunque algunos de los vinos más preciados en el mundo, como el champán de añada o los grandes crus de la Borgoña, son también los más caros, la gran mayoría tiene un precio módico. En vez de un Champagne Salon está el prosecco italiano o el cava español, el vino espumoso sudamericano o nacional; en lugar de un Montrachet están los chardonnay con roble de Norte o Sudamérica; en todos los casos están los vinos potosinos blancos y rosados, que están entre los mejores de México.
Le invito a que si no la ha hecho, caro lector, comience a experimentar con estos vinos, encuentre sus gustos, présteles atención a la hora de catarlos. Si de cualquier forma prefiere un tinto, intente probar vinos frescos y ligeros: los a menudo menospreciados gamay (Beaujolais), los pinot noir de clima fresco (Bourgogne en Francia, Casablanca en Chile, Santa Barbara en EUA, Nueva Zelanda...) o un elegante vino de nuestra región.
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