Luiz Inacio Lula da Silva ganó la elección presidencial brasileña el pasado 2 de octubre, pero no con el porcentaje necesario para evitar que se tenga que realizar una segunda vuelta el próximo 30 de octubre. La fuerza del conservadurismo en Brasil no es desdeñable, pero el ascenso de Lula tiene que ver con la reivindicación de reclamos populares que el gobierno de Jair Bolsonaro ha ignorado y que, en general, permanecían adormecidos por la falta de un liderazgo político capaz de concitar un movimiento socio-político amplio. Como suele ocurrir, lo que no mata fortalece y Lula regresó como el referente indispensable de un cambio posible, de una vuelta al progresismo de izquierda que probó ser alternativa cuando se gobernó, inicialmente, con programas de beneficio social indiscutible como el denominado “Hambre Cero”.
La lección que se recoge del proceso brasileño es elemental: la corrupción de ciertas élites políticas y económicas solamente puede enfrentarse con la fuerza del pueblo unido. Lamentablemente, el PT brasileño, brazo político-electoral del pueblo organizado, se deterioró los últimos años en su relación con su base social, por incurrir en procesos de burocratización de cuadros medios dirigentes que, más temprano que tarde, llevaron a la desmovilización. De allí que el esfuerzo de Lula ha sido encomiable porque regresó, como el ave fénix, remontando el vuelo desde una posición personal complicada por los procesos legaloides incoados en su contra, pero mostrando que el liderazgo histórico, forjado tantos años, permaneció en el imaginario popular brasileño como esperanza de lograr, de nuevo, el cambio.
No será fácil alcanzar el triunfo en la segunda vuelta, pero se avizora que se imponga un retorno a la sensatez de una franja mayoritaria del pueblo brasileño, luego de que ha permeado una agenda conservadora que ha relegado la defensa de bienes nacionales preciados por su valor histórico, territorial, ambiental y de identidad popular, como lo es evitar la devastación de la región amazónica, nada más como botón de una amplia muestra de agravios que el derechismo autoritario ha impuesto al pueblo brasileño. En cambio, ideas retrógradas de personajes de la derecha más rancia y corrupta se resisten a dejar de tener influencia social, amparados en la creencia de que se puede engañar para siempre a la gente con posturas que rayan en lo absurdo pero que, en tiempos de crisis moral generalizada, pueden aparecer como un clavo ardiendo al cual asirse.
Tal es el caso de la exministra Damara Alves, que llegó a plantear que Jesucristo le dio la misión de luchar contra… ¡la ideología de género! Y así por el estilo, muchos personajes de una clase política corrupta y cínica que se resiste a dejar las mieles del poder y que, ahora, se atrincheran en otros poderes del Estado brasileño para atajar, desde ya, los cambios de una agenda progresista que el inminente triunfo de Lula impondría, hasta por sentido común, para actualizar y contemporizar con los avances científicos en el mundo, como el caso del cambio climático que Bolsonaro y Cía. Niegan que exista (emulando las prédicas y prácticas del expresidente gringo Trump, que tanto les ayudó a que se hicieran del poder en el país sudamericano). En fin, la suerte está echada y es cuestión de llegar, los próximos días, a la elección definitiva que se hará en Brasil y que, como ya ha ocurrido en otros países latinoamericanos, marcaría la consolidación de una vuelta al progresismo necesario.