Empezaré hoy por recomendarte, caro lector, algunos vinos de la Comunidad de Madrid, porque después de haber cumplido de manera mínima con el contenido que se espera en esta columna, me dedicaré a hablar de futbol (de un futbol que dejó de ser sólo eso). Alrededor de la capital española tenemos la D. O. Vinos de Madrid, que abarca Arganda, Navalcarnero, Gredos, San Martín de Valdeiglesias. Aquí reina una garnacha muy sutil, de recuerdos borgoñones, fruta roja, mineral, fresca y floral. Una delicia. Busca etiquetas de las bodegas Comando G, Bernabeleva, Marañones, 4 Monos y Uvas Felices. Te garantizo una experiencia tan emocionante como la que nos hizo vivir ayer el mejor club del mundo.
Hacer ver fácil lo difícil es una cualidad muchas veces artística, reservada sólo para quienes dominan una disciplina. En contadas ocasiones puede verse esa magnitud estética que pueden alcanzar once personas jugando a la pelota; recuerdo, por ejemplo, aquella Selección Española que venció a Italia en la final de la Eurocopa de 2012. Hace diez años, el Estadio Olímpico de Kiev, ahora bajo el asedio de las bombas de Putin, fue el marco del sueño del futbol —y de Agamenón—: el de la eficacia que permite la retórica.
Ayer, el deporte favorito de los panaderos —y de los reyes— volvió a asombrarnos. Una propuesta con virtudes distintas se sobrepuso y venció a lo que parecía insuperable: un marcador adverso ante una de las reuniones de nombres más ostentosa que se tenga memoria. El Real Madrid derrotó a un equipo parisino que ha planeado comprar con dinero del petróleo el lugar en la historia que compitiendo no se ha ganado. En esta ocasión, el ensamble del Paseo de la Castellana no lo logró sólo con el juego preciosista que le caracteriza, sino que junto al enorme talento que atesora en sus futbolistas y técnico, hizo gala de un carácter, un corazón, una magia y algo más, un je ne sais quois (diría Karim Benzema) que pocas escuadras han tenido en la historia de esta competición, pero que en este club parece constitutiva.
Aunque se calculaba improbable, ayer tuvimos la fortuna de presenciar una cumbre histórica de este ejercicio de pies y cabeza: el Real Madrid eclipsó a todas las manifestaciones de coraje y personalidad contemporáneas, a todas las escuelas, a todos los supuestos astros. El concierto de 17 minutos en la segunda parte ante el PSG fue nada menos que una obra maestra: una hermosa y armónica danza billarística maridada con una demostración de temperamento, valentía, fuerza anímica y física, de magia, rematada hasta tres veces por un estallido en la tronera de Gianluigi Donnarumma.
Es difícil definir si el poderío de este equipo reside en las genialidades de algunos de sus jugadores —en el talento individual— o en la eufonía del conjunto que potencia la calidad de sus elementos —en la solidez del grupo—. Es de los pocos grupos que equilibra estas dos fuerzas con una medida tan exacta; pero, además, este Madrid saca de sus raíces, de su historia y de su público una energía tempestuosa.
No sólo fue la culminación de un estilo de juego y de una filosofía, fue la consagración de unos valores: el Madrid, desde su señorío, no se venció nunca, sacó fuerzas de flaqueza, se recompuso y, con el talento y el espíritu citados, demostró que un corazón de ese tamaño no puede comprarse ni con mil millones de Euros. Luka Modric y Benzema demostraron, como los buenos vinos, por si fuera poco, que este aliento no tiene edad, que el fuelle puede inflarse de orgullo y de arrestos, que la voluntad derriba sugestiones, que el cuerpo está en el alma. Junto a ellos Carlo Ancelotti, desde su ecuanimidad y sabiduría, impulsó este logro monumental.
No se obtuvo ningún trofeo, el Madrid puede o no solventar la siguiente fase, pero se dictó una lección muy grande y se conquistó algo que vale más que una medalla: el respeto y la admiración de todo el mundo; bueno, menos de los obtusos ocasionales. Luego de los desastres y la barbarie recientes, ayer presenciamos algo que trasciende al deporte, algo más que futbol: la grandeza del espíritu humano.
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