Malo desde su origen

Les pido a mis cuatro lectores que miren a este muchachillo delgaducho y esmirriado que en el lobby de un hotel de cuarta clase está hablando con un hombre musculoso y recio. El muchachillo soy yo. El hombre tiene nombre muy sonoro: se llama Federico Sáenz del Riego, mejor conocido como el Hombre Mosca. Ayer trepó a pulso hasta lo más alto de la alta catedral de Saltillo, y se puso de cabeza sobre la cruz. El Hombre Mosca le dice con voz triste al muchachillo que lo entrevista: “La gente no va a verme subir, joven. Va a ver si me caigo”. Y luego añade: “Cuando estoy arriba miro llena la plaza, y llenas también las calles. Cuando bajo para pasar mi gorrita y juntar algunos pesos ya no hay nadie”. El entrevistador tiene 15 años, y escribe en un periodiquito estudiantil llamado “El tecolote”, por ser de la Escuela Nocturna para Trabajadores. Nos lo imprime, en tipos movibles y prensa de abanico, un generoso impresor, Bernardo “Nolín” Mellado, que nos fía la impresión y luego se olvida de cobrarnos. En la entrevista con el Hombre Mosca el muchachillo ha aprendido cosas acerca de la naturaleza humana que luego confirmará en la lectura de obras como “Bola de Sebo”, de Guy de Maupassant, y “Tristeza”, un cuento de Anton Chejov. En el hombre hay mala levadura, postuló Darío. En efecto, no somos descendientes de Abel el bueno, sino de Caín el malo, que tuvo abundante descendencia de la cual somos parte. Por eso la mayoría de los pensadores que han meditado sobre el ser humano, desde San Pablo hasta Marx, pasando por San Agustín, Santo Tomás y Hobbes, han concluido que el hombre es malo desde su origen, lo cual explica la existencia de policías, jueces y verdugos, en tanto que sólo algún optimista despistado, como Rousseau, ha supuesto que la criatura humana es buena por naturaleza. Lo convencerían de lo contrario especímenes como Hitler y Trump, semejantes el uno al otro en muchos aspectos, si no en lo físico, sí en lo antihumano y lo bestial. El simiesco presidente yanqui ha celebrado en estos días el aniversario del inicuo apoderamiento de territorio mexicano por Estados Unidos, hecho que condenaron norteamericanos de elevada calidad humana como Lincoln y Thoreau. La mención que hizo Trump de ese acontecimiento lleva implícita una amenaza que, aunque parezca desorbitada, no es para ignorarse, pues todo se puede esperar de ese perverso individuo en quien encarna la maldad humana. Aunque México no es Venezuela, nada podríamos hacer para evitar una embestida del enloquecido ocupante de la Casa Blanca. Nuestro país está más cerca que Groenlandia, y pretextos no le faltarían al desquiciado yanqui si quisiera enviar tropas a suelo mexicano. Con las bayonetas puede hacerse todo, menos sentarse arriba de ellas. La frase atribuida a Talleyrand ilustra la prepotencia de Trump, dueño de la fuerza, y por lo tanto dueño de la situación. Para él no valen principios ni tratados, y menos aún la opinión mundial. Ante ese sombrío panorama cabe recordar la acongojada impetración de nuestros padres: “¡Dios nos agarre confesados!”... El gendarme que vigilaba el jardín público sorprendió a la parejita de novios cuando en un rincón oscuro llevaban a cabo el consabido acto. Les dijo: “Voy a llevarlos a la comisaría por faltas a la moral”. “¡No lo haga! -le suplicó el muchacho-. ¡Mi novia es de buenas familias, y yo pertenezco a una regular!”. “Está bien -respondió el jenízaro echando una mirada lúbrica a la chica-. Pero entonces sigo yo”. Dijo el muchacho: “Tendrá que perdonarme, jefe, pero con el susto no puedo ponerme en condiciones de cumplir su petición”... FIN.