Tengo una mano ansiosa y otra tranquila moviendo sus dedos en este teclado.
Una mano que lee en su propia palma un futuro incierto para el país para el que trabaja.
Otra mano que se agita buscando respuestas en los textos ajenos, de aquellos que escriben con argumentos inteligentes, que solo pocos escuchan y muchos desdeñan.
Son manos inquietas que quisieran proteger la tristeza reflejada en el rostro de una nación convulsa, arrinconada y temerosa.
Manos que cubren la vergüenza ante señalamientos y recomendaciones internacionales.
De mañana son las manos que toman sin interés un periódico electrónico solo para confirman el desorden del mal llamado nuevo orden mundial. Son las manos que toman lápiz, pluma, teclado o pincel para decir algo que parece estar encerrado en un hueco del espíritu que me sostiene.
Mis manos se han ido transformando y sus movimientos son el complemento de los gestos en mi cara. Son manos escudo, manos robot, manos herramienta como las de casi todos nosotros.
Manos que marcaron la evolución y que nos convirtieron en el hommo fabris; clase en la que se nos catalogó por una corriente sociológica o evolucionista.
Manos que temen y dibujan palabras imposibles cuando acompañan una conversación. Manos que aclaran o rechazan pero que también bailan o callan.
Ellas nos han dado la entrada al mundo de lo que algún día llamamos y creímos era progreso.
Mis manos y las tuyas son obstáculo y puente según la circunstancia y el contexto.
Sin duda indispensables para sobrevivir pero substituibles si la vida nos las arranca o nos priva de ellas.
Son esas manos el vehículo para convertir en acciones nuestros deseos y planes. Son amigas e incansables trabajadoras aún en el descanso: una sobre otra.
Hoy, el frío y una molestia en ellas me ha llevado a escribir esto. Preguntándome también en manos de quiénes estamos o en manos quién caeremos cuando el panorama social no da signos de esperanza alguna.
Pienso en tantas manos sucias, tantas manchadas de sangre, tantas manos escondidas tras arrojar piedras sobre otros, manos largas y torcidas. Manos que arrebatan, manos que señalan y juzgan.
Estas manos, las mías, ya no quieren reflejar en sus escritos historias de un país que vive una historia macabra de asesinos, muertos, secuestradores y abusos de poder. Mis manos preferirían escribir historias aburridas y sin morbo en donde la sangre, la tortura y la muerte no fueran los atributos de la misma. Quiero narrar la evolución de una clase humana que se sobrepuso a sí misma y con sus propias manos, para tener un país como se muestra en los promocionales de destinos turísticos. En un contexto tan rico como nuestra diversidad en recursos naturales.
Un país sin miedo y sin la amenaza de la delincuencia organizada con la confabulación de algunas autoridades.
Un país que se jacte de tener las manos limpias.