Mar de carcajadas

Cada vez estoy más convencida de que este país sobrevive a carcajadas. El humor ha mantenido a flote a los mexicanos de manera que podamos sobrevivir desde devaluaciones, hasta descaradas manifestaciones de corrupción. Dice Samuel Schmidt en su libro En la Mira: El Chiste Político en México (Taurus, 2006) que el humor político cumple una función social al ser un indicador –poco estudiado- del estatus de la relación entre el gobernante y el gobernado. Y creo que tiene razón. Ante las tragedias más desgarradoras, los mexicanos encontramos la manera de burlarnos de ellas, reír como nadie y plantarle cara a la desgracia.

A través de la risa, la gente se cobra la factura que le debe la autoridad, agarrando parejo contra el poderoso, echándole en cara su físico, su poca eficacia, su asertividad, sus tarugadas. La risa tiene un efecto catártico, es democrática y democratizadora: Nos pone a todos en igualdad de circunstancias. Dice Schmidt, y dice bien, que el chiste político es creado por la élite; porque para burlarse hay que tener muy buena información sobre quién es y qué hace el objeto de la burla. Un chiste, definitivamente, permea mucho más rápido que una columna de análisis político o un libro académico sobre la situación económica del país. Pasa lo mismo ahora con los memes. Una imagen oportuna con un comentario sagaz, sobrevive más que cualquier debate.

Ahora bien, aquí podemos hablar de dos vertientes de humor: el voluntario y el involuntario. Yo estoy absolutamente consciente de que todos podemos equivocarnos y consecuentemente, causar risas. Pero hay también el humor voluntario de los políticos como factor de enlace con el resto de nosotros. Ese tipo es el que me parece mucho más interesante, aunque por estos rumbos hace mucho que no lo vemos. Esto se ha estado llenado de humor involuntario, de ese que causa preocupación porque evidencía negligencia. De ese que sugiere mochar la mano a quien robe y consecuentemente, recibir una marejada de memes mucho más ingeniosos que cualquier porpuesta que hayamos escuechado.

Para burlarse de sí mismos se necesita primero contar con un ego saludable y una personalidad segura, que se presete a reconocer que somos humanos, demasiado humanos. Luego, hay que ser sagaces, porque tratar un tema con humor no le resta ni ápice de seriedad al asunto si se sabe manejar bien el tema, y para esto, por supuesto, hay que saber de lo que se habla. Vaya, que una cosa no cancela a la otra, al contrario. En ocasiones la mejor manera de posicionar un tema en la agenda pública, es precisamente, usando el humor.

Debo confesar, lectora, lector querido, que el primer debate me agarró con la pila desinflada. Con ese desasosiego de domingo por la noche que nos da a todos los que nos encanta el fin de semana. Nada contra los lunes, se lo aseguro, pero ayer lo único que quería, era ponerme mi pijamita de algodón y echarme como vaca en la cama a leer un rato antes de dormir como un lirón. Pero estaba el debate y había que verlo. Mire usted que fue lo que necesitaba. Junto con Marcos, posicionados en el sillón de la tele, anduvimos un ojo al gato y otro al garabato, escuchado a los candidatos y viendo los ingeniosos chistes y memes que al minuto alguien publicaba. Despertamos a los padawanes por nuestras risotadas.

Quiene ganó de nuevo, fue el humor de los mexicanos. Somos un pueblo hecho de sarcasmo, de carcajadas, de inteligencia plasmada en palabras, en dibujos creativos, en fotografías oportunas.

Y yo, que ando tan preocupada por estas elecciones, sentí un poco de alivio. Podemos atravesar el mar de lágrimas a carcajada batiente. Este pueblo, aguanta lo que sea, mientras pueda reírse.