Marcos

Marcos y yo nos conocimos un jueves de septiembre de 1991. Lo recuerdo bien porque ese año entré a la prepa al Potosino y los jueves eran las actividades extraescolares. Ese jueves, me cambió la vida: en primera, conocí a los que con los años se volvieron mis amigos más cercanos y en segunda, porque ahí estaba Marcos. 

Creo que nos caímos bien desde el primer día. Yo ya lo conocía de oídas: había andado con una ex compañera de la secundaria. Luego, nos hicimos bien cuates. Me contaba de sus querencias y de sus novias y yo… bueno, yo no le contaba nada porque siempre he sido muy discreta. He de confesar que no era mi tipo: güero y de ojo claro, tez de bolillo crudo. Eso sí, lo quise desde el principio. Noble, trabajador desde bien escuincle, apasionado, leal, el mejor amigo. Comencé a conocer su historia y cómo la vida le hizo madurar de guamazo, cuando inesperadamente murió su papá. Vi que a él se le despertó un instinto paternal que volcaba en sus dos hermanos, especialmente un su hermano menor, al que le llevaba once años. Era considerado, relajado, cualquiera se sentía seguro a su lado. 

Cuando terminamos la prepa y se fue un año a vivir a Estados Unidos me encargué de escribirle largas cartas, porque tanto a él como a mí nos encantaba el chismecito. Le hice saber desde el espantoso bigote que se dejó crecer un cuate y que más bien parecía un animal vivo sobre su boca, hasta el terrible suicido de una exmaestra. Le hablé de mi entrada a la universidad, de mi pininos manejando mi poderosísimo vocho, “El Nubecino”, de las andanzas de todos nuestros amigos, ahora universitarios.  Él me contestaba con la misma dedicación: me hizo saber sus días solitarios entre los gringos, de sus largos paseos para sacar fotos en la nieve, de sus nuevos amigos, de la chica que no pudo conquistar. Sin problemas llenábamos once cuartillas. Siempre pudimos platicar de todo, sin censuras.  Si algo fluía bien entre nosotros, era la plática. 

Para sorpresa de ambos, seis años después de conocernos nos hicimos pareja. Un amigo sigue preguntándonos quién perdió la apuesta. Yo creo que ambos ganamos. Este año, en un par de meses, cumpliremos 27 años de ser pareja,  22 años de habernos casado y  33 años de conocernos.  Mas o menos el 68% de nuestras vidas hemos estado juntos. 

Tengo la absoluta certeza de que sin Marcos yo no sería ni la mitad de la persona que soy ahora. Él me reta, me impulsa, me calma, me anima, me abraza cuando estoy inquieta, se ríe de mis estupideces, entiende mi humor. Abraza todo de mí, incluso mi sarcasmo. Yo procuro hacer lo mismo con él, porque afortunadamente los dos sabemos que ninguno es la media naranja de nadie. Somos dos personas completas que decidieron estar juntas. Ninguno de los dos somos fáciles. Al contrario. Justamente por lo mismo, nos entendemos tan bien.

No somos  románticos, no nos acordamos de nuestro aniversario, nos parece cursilísimo el catorce de febrero y no nos compramos flores ni pasteles. Eso sí, ambos llevamos bien las cuentas de la casa y nos acordamos de las cosas que faltan en el refri y eso es mucho más importante.

Hoy Marcos cumple 48 años. Y yo celebro su vida y la vida que me ha ayudado a construir para mí. Celebro nuestra vida de adolescentes y la vida madura que tenemos ahora. Celebro la vida de nuestros hijos y celebro el privilegio de envejecer a su lado.