“La gramática es más perfecta que la vida. La ortografía es más importante que la política. La suerte de un pueblo depende de su gramática”.
Fernando Pessoa
No sé qué ha irritado más a los progres mexicanos en la visita de Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid; su defensa del mestizaje y las libertades individuales o su insistencia en escribir Méjico con j.
El senador Gerardo Fernández Noroña la increpó en redes: “Escriba bien el nombre de nuestro país: México o Estados Unidos Mexicanos, si prefiere el nombre oficial. Ahora bien, su indecencia y mala ortografía como quiera, su franquismo es lo insufrible”. El chileno-español Marcos Roitman enumeró en La Jornada los supuestos pecados de la madrileña y sentenció: “No se extrañen. Díaz Ayuso se niega a escribir México con X”. Anayeli Muñoz, diputada de Movimiento Ciudadano, le espetó en el aeropuerto de Aguascalientes: “México se escribe con x no con j”.
Escribir Méjico con j, sin embargo, no es una falta de ortografía. La grafía con x es un anacronismo que ha persistido por razones políticas. Muchas palabras con fonema palatal fricativo sordo, /sh/ en el alfabeto fónético internacional, se escribían con x bajo la norma de Alfonso X el Sabio: xabón, hoy jabón; xefe, jefe; xirafa, jirafa. La norma también se aplicaba a nombres propios, como Xavier, Javier; Ximena, Jimena; Ximénez, Jiménez; Don Quixote, Don Quijote. El fonema, empero, mutó hasta hacerse velar fricativo sordo, /x/, el sonido de nuestra actual j.
Bajo la influencia de la constitución liberal de Cádiz de 1812, la Real Academia Española emitió nuevas reglas en 1815 para lograr una mayor conformidad entre la grafía y la pronunciación. El propósito era facilitar la lectura a los menos educados. Determinó que todas estas palabras deberían escribirse con j o a veces con g. En un principio hubo resistencia, especialmente de grupos conservadores, reacios a cualquier cambio, pero después se generalizó la nueva ortografía. muy poca gente sabía leer y escribir. Hubo mayor oposición, sin embargo, con los nombres de lugares como Xeréz, Jerez; Xalisco, Jalisco; Oaxaca, Oajaca; Xalapa, Jalapa; y México, Méjico. El pueblo conocía y respetaba las grafías anteriores, aunque no supiera leer textos largos.
En el México de principios del siglo XIX hubo también disputas sobre estas reglas. Los liberales se inclinaban por las nuevas grafías y los conservadores por las alfonsinas, aunque no había necesariamente consistencia. En los Tratados de Córdoba del 24 de agosto de 1821, Agustín de Iturbide se ostentó como “Gefe del Ejército Mejicano de las Tres Garantías”; un mes después, el 28 de septiembre de 1821”, la “junta soberana” proclamó el “acta de independencia del Imperio Mexicano”.
Desde 1815 la Real Academia Española solo registró la grafía Méjico, la liberal. En 1992 recabó también México, pero dejó como preferible la forma con j. En 2001, ante las presiones mexicanas, intercambió los lugares e hizo de México la recomendada, sin descartar Méjico.
Díaz Ayuso no ha sido la primera persona que provoca el horror de muchos por usar Méjico. Quienes se dan golpes de pecho desestiman que esta es la grafía fonética que facilita la lectura. Por eso Jalisco, tierra de liberales, que se declaró primer estado soberano de México el 16 de junio de 1823, adoptó la ortografía liberal con j para la entidad. La ciudad de México, más conservadora, mantuvo la x.
La historia pudo ser diferente. Si los liberales hubieran prevalecido desde un principio en la capital, quizá México se escribiría hoy con j; pero si los conservadores hubieran dominado en Jalisco, estaríamos escribiendo Xalisco. Lo relevante es que ni la x ni la j son más que accidentes de la ortografía.
Un comando
Es fácil desestimar las amenazas de Trump como “discursos electoreros”, pero sí deberían preocupar al gobierno mexicano. “Si ellos no van a hacer el trabajo, lo haremos nosotros”. Es una fuerte advertencia.
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