Memoria histórica

Hace aproximadamente ocho años, a propósito del anuncio de la Legión de Cristo de eliminar las imágenes del siniestro Marcial Maciel en sus escuelas, hice referencia en esta columna a un mecanismo de olvido social llamado damnatio memoriae cuya traducción al español es condena de la memoria, usado en la antigua Roma.

En su agitada vida política, los romanos cambiaban de líderes y dirigentes con cierta frecuencia y no siempre, más bien pocas veces, los sucesores recordaban con agrado a sus antecesores; de hecho, era normal tratar de desprestigiar y demoler lo poco que hubiera construido quien le precediera al gobernante en turno. Consistía en un mandato que el Senado expedía para que se borrara toda referencia del enemigo del imperio, así declarado por quien llevaba las riendas de la patria; de esta forma, se tallaban los relieves e inscripciones en edificios, puentes, acueductos y calles hasta dejarlos irreconocibles, al igual que las pinturas de tachaban o las monedas se pulían de manera deliberada para que apenas se peribiera el rastro de que alguna vez estuvo ahí un odiado popular; las estatuas eran degolladas o alteradas, de manera que no se reconociera en ellas al condenado y no hubiera huella de su paso en el gobierno de Roma..

Algunos de los emperadores romanos que sufrieron este “borrar su paso por la historia” fueron Calígula, Nerón, Vitelio, Domiciano, Cómodo, Heliogábalo y Majencio; la lista es enorme. Y no solo incluía al primer nivel de dirigencia: también le tocó a muchos otros políticos.

Sin embargo, tal vez la más abominable muestra de aplicación de esta ley, adquirida por tradición en la iglesia católica, ocurrió cuando en el año 897 el Papa Esteban VI, por presiones familiares, particularmente de su madre, así como viejas rencillas, decide enjuiciar al Papa Formoso, que asumió el trono de San Pedro el 6 de octubre de 891 y murió el 4 de abril de 896 ¡nueve meses antes de ser llamado a juicio!

Esteban VI ordenó desenterrar el cadáver y que se le ataviara con la indumentaria papal, se le sentara en un solio pontificio y se le pusieran la corona y el cetro propios de su dignidad. En un juicio impecable en cuanto a formalidades procesales, se le designó como defensor a un diácono quien, durante una semana, representó los intereses del putrefacto pontífice a quien se le acusó de ambición desmedida, desobediencia a las leyes canónicas, de haber enfrentado al Papa Juan VIII y otros cargos por el estilo.

Luego del proceso, se dictó sentencia por el sínodo, condenando a Formoso y declarando nulo de toda nulidad lo que había hecho durante su reinado al frente de la iglesia; se mandó destruir todo lo escrito y dictado por él y se tuvo por no dicho todo lo que hubiere hablado. En ejecución de sentencia se le despojó de la vestimenta papal, se le cortaron tres dedos de la mano con los cuales impartía la bendición y, finalmente, se tiró el cadáver al Tíber.

El desenlace final comienza con una rebelión en contra del Papa Esteban VI, quien es encarcelado y estrangulado en la prisión; un par de años después. El  El propio Esteban VI fue encarcelado y estrangulado en la cárcel apenas unos meses después. Luego de un par de años, el Papa Juan IX rehabilitó al papa condenado y prohibió juzgar a las personas muertas, ordenando que los restos de Formoso (según se dice, fueron recogidos el mismo día que se arrojaron al Tíber y conservados por un pescador), se sepultaran en donde descansaban los restos de muchos de sus antecesores en Roma.

Sin embargo, a tantos siglos de distancia, perdura esta idea de que, si se arrojan paladas de tierra sobre el pasado, entonces no ocurrió lo que ocurrió y no dejo de pasar lo que dejo de pasar. Es costumbre de los absolutistas ejercer su carisma y su mando al extremo de que nada antes de ellos mismos.

Por eso, se cancelan aeropuertos, se eliminan guarderías, se derrumban instituciones. Pareciera que México fue creado el primero de diciembre de dos mil dieciocho y que antes solo era el caos, como si un moderno Hesíodo quisiera construir una teogonía a partir de López y su aventura por el poder.

Como estandarte de su trasformación de cuarta, la frase “Juntos haremos historia” de López en campaña, parece adolecer la ausencia de un artículo que, en mucho, cambia el sentido y demuestra que es adalid de la damnatio memoriae.

¿No le suena más “Juntos haremos la historia”, como indicativo del uso del mazo y el cincel para degollar estatuas y tallar monedas? La historia de ellos, no de México, la historia que quieren contar, como la quieren contar, de lo que quieren contar y cuando la quieren contar. Una historia que purifica a los propios y sataniza a los extraños; una historia que olvida y recuerda al contentillo, que no aprende para la vida, sino que solo discurre en mañaneras peroratas, tratando de que las miradas no vean lo que incomoda al monarca, instalado en el sueño de Segismundo, donde sueña el rey que es rey y vive soñando, con ese engaño mandando, disponiendo y gobernando.