Existe una historia ya conocida sobre la industria farmacéutica: cuando las grandes empresas quisieron exportar antidepresivos al vasto mercado potencial que representa la población de la India —que supera los mil millones de habitantes—, primero tuvieron que vender la idea misma de la depresión. Si una sociedad no asume un concepto general de malestar, no existe mercado para los antidepresivos.
Por supuesto, la realidad es más compleja y, sin duda, la fragmentación de las sociedades modernas influye considerablemente en la incertidumbre que sentimos sobre quiénes somos y cuál es nuestro propósito como individuos; no obstante, persiste el hecho de que, desde hace casi un siglo, cuando algo va mal, hemos aprendido instintivamente a recurrir a la pastilla más cercana.
Es una historia sobre dónde nos encontramos, pero también sobre lo que hemos perdido. En cuanto a los logros: el impulso humano y científico hacia sistemas de salud modernos es totalmente comprensible y loable, y ha dado lugar a resultados notables. En México, la esperanza de vida al nacer ha pasado de unos 53,6 años en 1960 a los aproximadamente 75,9 años proyectados para 2026. ¡Por tanto, durante ese periodo la esperanza de vida ha aumentado un año cada tres años! Es un hecho tan inédito como transformador, y es algo que no se puede negar.
No obstante, es posible sostener dos ideas simultáneamente: el hecho de que las cosas hayan mejorado hasta volverse irreconocibles no significa que no hayamos perdido aspectos por el camino que, de conservarse, mejorarían aún más nuestra calidad de vida y nuestra percepción de nosotros mismos en el mundo moderno. Entre ellos se encuentra, sin duda, la medicina tradicional.
Si bien la medicina tradicional pudo haber sido una herramienta rudimentaria, lo cierto es que situaba la salud en el ámbito de la comunidad y de los recursos naturales locales, además de fortalecer nuestra relación con el entorno, tanto natural como social. Representa también un elemento clave de la memoria cultural que nos revela quiénes somos y de dónde venimos, y conlleva sistemas de valores tangibles que —aunque su eficacia sea imposible de medir— constituyen un fundamento esencial del vínculo que nos une. Perder ese tejido comunitario, sumado a la obsesión del mundo moderno por definir el valor únicamente a través del individuo, nos perjudica enormemente a todos.
Por lo tanto, es una buena noticia que surge desde el gobierno federal el proyecto “Saberes vivos: huertos medicinales y espacios para la transmisión de saberes de la partería y medicina tradicional en la ciudad de SLP y municipios conurbanos.” La iniciativa, llevada a cabo a través del Programa de Apoyos a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMyC), cuenta con el apoyo de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, y acerca a mujeres de diversas generaciones al uso de plantas y su relación con el cuidado de la salud personal y familiar.
El programa constituye, naturalmente, un vínculo directo con la memoria cultural; sin embargo, al reunir a las personas y a la comunidad, también fortalece las redes comunitarias, busca recuperar conocimientos y saberes históricos y, necesariamente, conecta a diversas mujeres con el patrimonio, la tradición oral, la flora y la historia Potosina. Pero su alcance va más allá: al centrarse en las mujeres como eje de aprendizaje y experiencia, reconoce que las matriarcas representan la principal vía de transmisión de conocimientos en el seno familiar. Ellas son la figura central y clave de cualquier hogar y, como tales, actúan como puente comunicativo entre generaciones y géneros. Se trata de una elección altamente estratégica que sigue consolidando las mejores prácticas actuales para apoyar los sistemas de comunicación, tanto intergeneracionales como intrafamiliares.
Hemos recorrido un largo camino en las últimas dos o tres generaciones; de eso cabe poca duda. Sin embargo, tal vez la mejor ruta a seguir reside en combinar lo mejor de los avances científicos y tecnológicos con una conciencia firme e inalienable de nuestros orígenes. A veces, para avanzar, es necesario retroceder.