México reprueba hasta el diagnóstico

La mala noticia no es solamente que México haya vuelto a salir mal en PISA. La muy mala noticia es que, frente a resultados que deberían encender alarmas, el gobierno responsable de la política de educación en este país parece más interesado en evadir la responsabilidad. Hace un par de días se publicaron los resultados de la prueba de 2025 que colocó al país, otra vez, en el sótano educativo de la OCDE: 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Frente a 2022, México perdió siete puntos en las dos primeras áreas y recuperó cuatro en la tercera. La mejoría en ciencias existe y debe reconocerse; la honestidad intelectual comienza por no esconder ningún dato, ni siquiera los que incomodan a nuestra propia tesis. Pero cuatro puntos no alcanzan para convertir un rezago estructural en historia de éxito.

La fotografía es mala y la película está peor. En 2009 México había alcanzado 419 puntos en matemáticas y 425 en lectura. Dieciséis años después perdió 31 y 17 puntos, respectivamente. En ciencias, el desempeño permanece prácticamente estancado. Si lo vemos a lo largo del tiempo, podemos advertir que no estamos ante un tropiezo aislado ni ante la resaca exclusiva de la pandemia. Los datos exhiben con claridad que estamos frente a una trayectoria prolongada de deterioro en las habilidades que permiten comprender un texto, formular un razonamiento y utilizar evidencia. En otras palabras: estamos formando a millones de jóvenes con menos herramientas para entender el mundo justo cuando el mundo se vuelve más complejo.

La comparación internacional no admite maquillaje. México quedó antepenúltimo en matemáticas y penúltimo en lectura y ciencias entre los países de la OCDE, con resultados entre 11% y 16% inferiores al promedio. Además, 41.8% de sus estudiantes tuvo bajo desempeño en las tres áreas, más del doble del promedio del organismo. ¿Y cuántos destacaron? Apenas 0.5%, frente a 11.9% en la OCDE.

Hay que evitar la pereza analítica del desastre fácil. Es verdad que PISA 2025 documenta una caída internacional: entre 2015 y 2025 el promedio de la OCDE descendió 22 puntos en matemáticas y 28 en lectura. Es innegable que la pandemia dejó cicatrices; que el uso (o abuso) dispersivo de pantallitas importa; y  que la desigualdad condiciona los aprendizajes. También existe una explicación que favorece parcialmente a México: al ampliarse la cobertura escolar, la evaluación incorpora a jóvenes de sectores antes excluidos, lo cual puede presionar los promedios a la baja. Llevar más adolescentes a la escuela es un logro y no debe castigarse estadísticamente como si fuera fracaso.

Pero ninguna de esas precisiones absuelve a la política pública. Otros países también enfrentaron la pandemia, viven la revolución digital y sufren sus propias desigualdades; algunos lograron mejorar. Hay que tener cuidado en esto: ampliar la matrícula sin garantizar aprendizaje no es inclusión, sino que es, apenas, administrar la presencia física de quienes habían sido excluidos. Contrario a lo que el discurso facilón pretende vender, hay que reconocer que el derecho a la educación no se satisface con pasar lista, entregar una beca o imprimir nuevos libros: el derecho a la educación exige que los estudiantes aprendan. Si siete de cada diez jóvenes mexicanos no alcanzan el nivel básico en matemáticas y alrededor de la mitad queda por debajo en lectura y ciencias, la discusión ya debería estar en otros términos.

Por eso resulta tan lamentable la reacción del secretario de Educación, Mario Delgado. En vez de asumir que los resultados obligan a revisar lo que se está haciendo, afirmó que PISA es ajena al sistema educativo mexicano y subrayó que 80 por ciento de nuestros estudiantes declara curiosidad, por encima del promedio de la OCDE. Ah bueno. La curiosidad es valiosa y bienvenida. El dato que da el Secretario no es falso; pero no responde a la cuestión central.

Descalificar el instrumento cuando arroja resultados adversos es como romper la báscula para combatir la obesidad. Además, si el gobierno considera que PISA mide mal lo que importa, tendría que mostrar evaluaciones nacionales robustas, transparentes y comparables que permitan saber qué aprenden los estudiantes y dónde se encuentran las fallas. Y hasta donde me quedé, desaparecieron al órgano autónomo que hacía eso.

Aquí radica el daño mayor del discurso oficial. Defender un modelo antes de medir sus resultados es propaganda, no política pública. Cualquier persona que entiende medianamente cómo está funcionando el mundo, la economía y el trabajo entiende que este rezago educativo está reduciendo la competitividad del país mientras amplía las desigualdades (que no se arreglan a golpe de becas). 

La respuesta responsable consiste en reconocer lo que mejoró, entender los matices y actuar sobre lo que empeoró. El país ya reprobó matemáticas y lectura. Sería mucho más grave que las autoridades reprobaran también la capacidad de aprender de los resultados.

La caminera

Hoy comienza el proceso electoral federal en el que se disputa la renovación de la Cámara de Diputados. Las candidaturas de mayoría tienen que convencer al electorado; las pluris, deberán concentrar sus talentos persuasivos en unas cuantas oficinas partidistas. Ahí está en juego la mayoría con la que cerrará su sexenio la Presidenta. Agarre sus palomitas.

x. @marcoivanvargas