Cuando se tiene una legitimidad de 30 treinta millones de electores, tal como ocurrió en 2018, se puede caer facilmente en un triunfalismo omnipotente que nubla la claridad con la que debe verse el ejercicio del poder político. Cada minuto, cada, hora, cada día en que se ejerce el poder, se presenta una suerte de desgaste natural, en donde aquel que parecía un ser impoluto, comienza a resentir la merma de su éxito, a veces por yerros propios y otras por consentir los ajenos. Para el actual habitante del viejo palacio vireynal novohispano, cuatro años de ejercicio del poder, por supuesto que ha disminuido en millones el número de simpatizantes con su proyecto de gobierno y aunque haya una incesante y casi diaria manía por publicar encuestas donde se ensalza la popularidad del Ejecutivo Federal, la encuesta que sí tuvo valor fue la de 2021 y en esa, fue más que claro que la pérdida de la mayoría calificada en la cámara baja y la derrota en la Ciudad de México son signos inequívocos que el actual oficialismo mexicano no es invencible. Luego entonces, la agresiva propuesta de reforma al Instituto Nacional Electoral redactada desde Palacio Nacional, puede explicarse también desde esa lógica, desde la cual, con la fortaleza de un Organismo Constitucional Autónomo, con Consejeros Ciudadanos preparados y valientes, con un presupuesto sólido para organizar elecciones limpias e indubitables, o dicho de otra manera con un árbitro imparcial, el riesgo de perder el poder buscado por décadas es una posibilidad absolutamente real. Lo acontecido este domingo 13 de noviembre de 2022 en todo el país, no tuvo precedentes, una vez más las y los ciudadanos ejercieron dos de las libertades más preciadas en las democracias, la libertad de manifestación y la libertad de disenso, millones que incluso pudieran tener visiones distintas de país, coincidieron y marcharon juntos para defender más que a una Institución, una “posibilidad”, la “posibilidad” de cambiar y que esa “posibilidad” sea bien cuidada por un árbitro absolutamente imparcial. De modo que, el mensaje debe ser analizado cuidadosamente desde todos los ámbitos, incluso si se quiere, bajo la óptica del mismísimo Plutarco Elías Calles cuando reconocía: “los hombres perecen, las instituciones permanecen”. Así, la pretensión de reforma al Instituto Nacional Electoral para generar un árbitro ad hoc, sin duda guarda tras de sí, un enorme temor por perder lo muy recientemente ganado y eso, desde la niñez lo conocemos como chapuza y no se vale. Por eso, más que pretender tener un árbitro a modo, se deberían explorar experiencias exitosas como por ejemplo la recientemente ocurrida en Brasil, donde Lula Da Silva, político de izquierda, será Presidente por tercera vez y en las tres ocasiones con árbitros distintos. Por tanto, la invitación es a no dejar de reflexionar sobre la valía del Instituto Nacional Electoral y por supuesto de los Organismos Autónomos Locales, como nuestro no menos valioso, Consejo Estatal Electoral y de Participación Ciudadana, costaron mucho, defenderlos y cuidarlos nos corresponde por obligación, sin ellos, le puedo asegurar estimado lector, este país sería menos democrático, pues las elecciones se ganan y se pierden, pero la posibilidad de tenerlas y sobre todo que sean auténticas, ese, es el verdadero valor de la democracia. Excelente lunes. Los sigo leyendo en este correo:
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