“Vaya feminismo. Hasta el 8
de marzo militarizaron”.
Rosario Robles
La presidenta Claudia Sheinbaum pudo conmemorar el 8 de marzo de muchas maneras. Pudo acoger en Palacio Nacional a las madres buscadoras, que su predecesor, López Obrador, se negaba a recibir con el argumento de que sus exigencias para encontrar a sus hijos eran solo “politiquería”. Pudo reunirse con las madres de los niños con cáncer y decirles que, aun cuando México no tenga un sistema de salud como el de Dinamarca, sí aseguraría que los oncológicos pediátricos llegaran oportunamente a todas las clínicas de salud.
Pudo pedir la revisión de las denuncias de abuso sexual contra el diputado y exgobernador Cuauhtémoc Blanco y el senador Félix Salgado Macedonio, ya sea para exonerarlos en definitiva, si no cometieron delito, o para acusarlos formalmente. Pudo anunciar medidas para que la justicia obligue realmente a las exparejas de mujeres a cumplir con sus obligaciones familiares o para que quienes golpean a esposas y parejas sean castigados, y ellas y sus hijos protegidos.
En lugar de eso, la presidenta encabezó una conmemoración que helaba la piel. Como en las viejas grabaciones del fascismo y del PRI hegemónico, la vimos arropada por la clase política en una tribuna en el Campo Marte desde la que ofreció un discurso ante hileras de un contingente militar en disciplinada posición de firmes. Habló del papel de las mujeres en la historia de México y dijo que quiere construir un país más justo, “donde ninguna mujer tenga límites, donde la igualdad sea una realidad cotidiana”. Al terminar se escucharon los gritos de siempre, “¡presidenta!, ¡presidenta!, “¡presidenta!”, que recalcan la subsistencia en el México actual del culto a la personalidad del fascismo y el presidencialismo imperial.
La secretaria de la mujer, Citlalli Hernández, dedicó su participación a alabar a la presidenta, que dijo “trabaja todos los días para garantizar la seguridad de las mujeres”. No se le ocurrió mencionar a las mujeres asesinadas o agredidas en el país. Habló también el secretario de la defensa, Ricardo Trevilla Trejo, quien recurrió a una retórica barroca para hablar de la mujer: “Nuestra nación mexicana ha forjado su destino con la fuerza que templa el hierro en la fragua a través de innumerables hechos patrióticos que dan sentido a nuestro presente y se erigen como haz de luz que ilumina y guía con firmeza el camino de México hacia su porvenir. Pero en el corazón de esas grandes gestas que han formado a nuestra patria, existe una presencia imprescindible que hoy honramos con profundo respeto y gratitud: la mujer mexicana”.
No, no pienso que el 8 de marzo deba ser un día de celebración. Tampoco creo que sea una fecha para conmemorar con la clase política, que tanto ha fallado a las mujeres, ante un contingente militar. El 8 de marzo es una fecha para recordar las luchas de las mujeres que querían un reconocimiento real de sus derechos y para entender los esfuerzos que hoy siguen haciendo para obtener, no tratos especiales ni cuotas de género, sino la aceptación de “la noción radical de que las mujeres son seres humanos”, en palabras de Cheris Kramarae.
El que México tenga a una mujer presidenta, también comandante en jefe de las fuerzas armadas, es un paso adelante, pero no significa que hayan llegado todas. La mayoría de las mujeres no son parte de esa clase política que hoy festeja los privilegios del poder. Quieren que se respeten sus derechos y vivir en seguridad.
Coronelas
En la ceremonia de ayer el general secretario Trevilla se refirió a la “presidenta” Sheinbaum como “comandanta” suprema de las fuerzas armadas, aunque el uso ha avalado el término “presidenta”, pero no “comandanta”. Cuando desfilaron las militares que serían reconocidas, se les anunció como general brigadier, no generala; coroneles, no coronelas; capitanes, no capitanas; mayores, no mayoras; tenientes, no tenientas, cabos, no cabas. La lengua se resiste.
www.sergiosarmiento.com