Mirador

Igual que San Francisco, Terry mío, tú amabas a todas las criaturas.

Sin embargo eras perro, y por deber profesional hiciste una excepción: los gatos.

No es que los odiaras. Jamás odiaste a nadie. Es simplemente que no te gustaban. Algún atávico impulso te llevaba a perseguir al gato del rancho cuando se cruzaba contigo, no sé si por azar o por pérfido cálculo felino. 

Corrías entonces tras él lanzando al aire todo tu repertorio de ladridos. El gato trepaba al árbol de pirul, y desde arriba te miraba con ojos al mismo tiempo burlones y de olímpica superioridad. Tú esperabas a ver si bajaba, pero a poco te aburrías y regresabas a la casa. Nosotros hacíamos como que no habíamos visto tu fracaso.

Ahora tú y el gato están en el reino donde la paz reina. Ahí conviven locos como San Simeón con sabios como Santo Tomás Moro; aristócratas como San Luis Rey con plebeyos como San Isidro Labrador: rubias como Santa María Magdalena con negros o mulatos como San Martín de Porres.  

Así deberíamos convivir nosotros los humanos, Terry, que andamos siempre como perros y gatos.

¡Hasta mañana!...