Don Pedro de Genil y Llera, alcalde de Montesanto, se enamoró perdidamente de una mujer mora. Por ella dejó a su esposa y a sus hijos; por ella perdió el cargo que de manos del Conde de Luna había recibido; por ella -sacrilegio- renunció a la fe cristiana y tomó la del Profeta.
La mujer era codiciosa, ávida. Don Pedro empleó todas sus riquezas en satisfacer los caprichos de la amada, que gustaba del oro y de las joyas. Las tierras de pan ganar que el señor había heredado de sus antepasados cayeron en poder de la ambiciosa parentela de la hetaira.
Bien pronto ésta se cansó de su amador y lo cambió por un mozalbete de su misma ralea y condición. Don Pedro, así burlado, volvió a su pueblo hecho un mendigo. Todos le dieron la espalda, y primero que todos su esposa y sus hijos.
Ahora, ciego, don Pedro va de pueblo en pueblo cantando coplas a cambio de un trago de vino o un mendrugo. Una de sus canciones dice: “De hidalgos ha de ser / perder fortuna y nombre por causa de una mujer”.
¡Hasta mañana!...