Mirador

“Orador sagrado”.

Así eran llamados antes los clérigos predicadores.

A mi entender ningún hombre es sagrado, y menos aún si es orador. 

Había uno que gozaba fama de elocuente. Predicó un sermón en la Catedral Metropolitana, y sus arrebatos retóricos no le impidieron ver que entre la concurrencia estaba don Artemio de Valle Arizpe, Cronista entonces de la Muy Noble y Leal Ciudad de México.

Al terminar el oficio le preguntó:

-¿Qué le pareció, don Artemio, mi sermón?

-Muy bueno, padre -dictaminó el ilustre escritor-. Pero yo tengo un libro en el cual viene, palabra por palabra, todo lo que dijo usted.

-No es posible -empalideció el sacerdote-. El sermón lo preparé yo mismo.

-Mañana le traeré ese libro -dijo don Artemio.

Y le llevó un diccionario.

Ingenioso señor fue Valle Arizpe. Haberlo conocido es motivo de orgullo para mí.

¡Hasta mañana!...