Catedralicios árboles. Severas
ramazones de silenciosos truenos.
Anual pedriza a los nogales, llenos
de urracas de Damocles traicioneras.
Uniformes muchachas pasajeras:
eternas normalistas. Nazarenos
filósofos. Poetas (más o menos).
Y gendarmes, y niños, y niñeras.
Y amor, el siempre amor. Aquí reside,
nace, crece, se junta, se separa,
y aquí al morir el duelo se despide.
Ahí todos tenemos biografía.
Si la Alameda de Saltillo hablara
¡cuántas cosas, Señor, se callaría!