Noches de invierno son éstas, gélidas y de un viento sibilante que abre las puertas a la pulmonía. Sin embargo, la antigua casa en el rancho del Potrero es cálida y acogedora, por la lumbre de leña que arde en el fogón de la cocina.
Esa grata tibieza hace que la tertulia tras la cena se prolongue. Doña Rosa, la esposa de don Abundio, narra un suceso relacionado con cierto tío de su marido:
-Se enamoró de una mujer de la ciudad. La señora tenía muy mala fama. Se decía que había tenido dimes y diretes con Pedro, Juan y varios. Y los varios eran muchos. Las hijas del tío Nico -se llamaba Nicodemo- le dijeron: “Apá: esa mujer está toda agujerada”. Les contestó: “No la quero pa’ cargar agua”.
Reímos todos, menos don Abundio. Masculla atufado.
-Vieja habladora.
Doña Rosa figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura:
-Por ésta.
¡Hasta mañana!...