Este amigo mío con el que bebo la copa -varias- los martes por la noche recordó de pronto los versos de Machado en los cuales increpa al difunto don Guido: “Alguien dirá: ‘¿Qué dejaste?’. Yo pregunto: ‘¿Qué llevaste al mundo donde ahora estás? ¿Tu amor a los alamares, y a las sedas, y a los oros...?”.
Esos oros, y esas sedas, y esos alamares, dice mi amigo, son oropeles que lucen algunos jerarcas eclesiásticos, y que quizá impresionan a una feligresía de condición humilde, o a algunos fieles anclados en pretéritos usos, pero cuyas galas se miran ya obsoletas y anacrónicas. “El hábito no sólo no hace al monje -afirma mi compañero-. A veces lo deshace”.
En cuestión de atuendos religiosos yo soy conservador, le digo, y gusto de las mitras, los báculos, las capas pluviales, las estolas, cíngulos y demás ornamentos tan ornamentados que los dignatarios usan en las procesiones. Me contesta, desdeñoso:
-Es que fuiste actor. A ti también te gusta el oropel.
No respondo. En ocasiones el silencio es la mejor respuesta.
¡Hasta mañana!...