Mirador

Un pedacito de art nouveau va por el aire.

Libélula. 

En mis tiempos de niño la llamábamos “caballito del diablo”. ¿Por qué el nombre? Creo saberlo ahora. Las libélulas hacen el amor volando una sobre otra. Quizás eso llevó a algún ceñudo clérigo a ver en su vuelo algo demoníaco, y de esa clerical reprobación debe haber nacido aquel injusto nombre.

Yo amo a la libélula, vaya sola o acompañada. Me explico que los artistas de aquel estilo, el art nouveau, la hayan escogido como uno de sus emblemas. A veces voy al estanque del Potrero sólo para ver si tengo la buena fortuna de mirar una libélula. Si alguna pasa, inquieta, sobre las quietas aguas, le pido que perdone al estólido humano que la relacionó con el espíritu maligno. Benévolo espíritu tiene, estoy seguro, esta levísima criatura que si se posa sobre una flor hace que la flor pese menos. Perdónanos, libélula.

¡Hasta mañana!...