La gente del Potrero ha vuelto a creer en Dios.
La lluvia suele renovar su fe, que languidece en tiempos de sequía. Los animales comparten ese renacer. Otra vez la silenciosa vaca muge; el taciturno asno rebuzna; la callada gallina cacarea. Y los hombres hablamos, que es nuestra manera de cacarear, mugir y rebuznar.
En la cocina de la antigua casa la tertulia se alarga tras la cena. Don Abundio narra algo que le aconteció al padre de doña Rosa, su mujer.
-Se le treparon las copas, y cuando se subió al caballo lo hizo de modo que quedó con la cara hacia la cola del animal. Le dije: “Se montó usté al revés, tata”. Me contestó: “¿Y cómo chingaos sabes pa’ ‘ónde voy?”.
Todos reímos, menos doña Rosa. Masculla con enojo:
-Viejo hablador.
Don Abundio figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura:
-Por ésta.
¡Hasta mañana!…