Pequeñita de cuerpo. Su cabello con la blancura que dan los años y la ausencia de tintes. Sus ojos azules; su tez blanca y de mejillas sonrosadas. Luctuoso siempre su atavío. Queda su voz; modesta su traza; amables y sencillos sus modales.
Mariquita. Todos en el barrio la queríamos. Vivía sola y su alma en una vivienda de tres cuartos y reducido patinillo. Las vecinas le enviaban bocaditos. Quizá de eso se mantenía. O de milagro.
Rezaba, rezaba siempre. No en las iglesias vecinas, la de San Francisco o la de San Juan Nepomuceno. Su paso era vacilante ya, y temía caer. Rezaba en su casa las novenas de los santos, y cada día un rosario de 15 misterios. Los niños decíamos que por la tarde la Virgen la visitaba. Merendaban juntas, y hablaban de las cosas de Dios.
Mariquita. Una sobrina vino por ella y se la llevó quién sabe a dónde. La casa quedó sola. El barrio quedó un poco más solo. Y ahora que escribo esto experimento una vaga sensación de soledad.
¡Hasta mañana!...