Mirador

Llegó este hombre al último extremo de la necesidad, y un día él y la sufrida mujer que con él compartía sus penurias se vieron sin qué comer. No sé a cuál de los dos se le ocurrió la idea. En aquel tiempo se usaba que cuando había difunto en una casa pobre los que pasaban dejaban una moneda para los gastos del entierro. Así, él tipo se hizo el muerto. Tendido en un petate se puso a esperar el óbolo de la gente.

Pasó un compadre suyo, ebrio de oficio, y se atribuló al verlo fallecido. Depositó una moneda de 5 centavos, y le preguntó a la mujer de qué había muerto su compadre. Ella no había pensado en eso, y respondió con lo primero que le vio  a la cabeza: “Murió de un dolor de muelas”. Dictaminó el borracho: “Pos se necesita ser muy pendejo pa’ morirse de un dolor de muelas”. Se enderezó el fingido muerto y dijo encalabrinado: “Compadre: cada quién se muere de lo que le da su chingada gana.  Coja su pepa y vaya a tiznar a su madre”.

Sabroso relato éste de don José García Rodríguez, galano escritor de mi ciudad.

¡Hasta mañana!...