Semana tras semana seguimos dentro del huracán que envuelve nuestro continente. Estos días, como muchos antes, dejamos nuestra perspectiva local para insertarnos en una región continental que nos involucra en el tejido que forman nuestras naciones. Nos sentimos y consideramos paisanos de todo este continente americano que va de polo a polo, porque la velocidad de la información nos impacta en el inconsciente como si lo viviéramos en nuestro propio distrito o vecindad. De tal manera que nos indignamos con el proceder del Congreso, con algunas de las decisiones de alto poder, o bien se nos parte el corazón con los terribles actos de violencia que es preferible no llamar por su nombre, a decir de algunos, porque así es como si no hubieran sucedido.
No sé si la calidad humana se ha deteriorado o si ha mejorado. No sé si se han sofisticado tan solo las técnicas para hacer daño, pero que el instinto y la intención siempre han sido parte de la naturaleza humana. No sé si el privilegio de usar el cerebro de forma diferente que otros animales nos permiten una conducta más animal-menos humana.
Será que tenemos que mirar hacia otro lado, dejar poner atención al reality mañanero que privilegia temas superficiales y de beneficios acotados.
Dicen que el karma nos da lo que hemos lanzado al universo, y que esto regresa a nosotros para aprender una lección. Lo que veo es que históricamente la humanidad no ha aprendido la lección, aunque se le ha enseñado a distinguirla y entenderla de diferentes maneras a través de los siglos que lleva el hombre sobre la tierra.
La visión etnocéntrica nos ha desviado de una y otra manera de la senda correcta, si es que la misma existe.
Como refugio quedan los espacios íntimos, la luz tenue, los dispositivos apagados en modo de siesta para quedarse a solas con el alma o con el silencio que el mundo, de vez en cuando permite o que debemos de buscar deliberadamente.
Siempre habrá una injusticia o mil, siempre habrá uno o más a quien señalar, siempre habrá algo que desear, algo que alcanzar, como esa pulsión que nos mantiene en el modo de “humano”.
Quizá se nos olvida o no hemos localizado el switch que nos cambia la pantalla a modo nocturno, en donde el brillo y las alertas disminuyen su intensidad y el espíritu puede volver a esa habitación dentro de nosotros. Ahí en donde sí nos reconocemos.