La ceremonia del Grito de Independencia de este año en Palacio Nacional, tuvo nuevas arengas, como ya se ha vuelto costumbre desde hace cuando menos tres sexenios, cada inquilino -antes de Los Pinos hoy del ex Palacio Virreinal-, le añaden a los tradicionales vivas, algún matiz que incida en los ánimos de quienes, debajo del balcón esperan con ansia tan emotivo momento.
Este año más que vivas se gritaron muertes, y es que al Titular del Ejecutivo Federal convocó a las y los mexicanos a matar el clasismo. Esta ingeniosa arenga desde luego tiene como positivo el hecho de que visibiliza un grave problema, aunque si con arengas se terminara ese flagelo, sería extraordinario, lamentablemente ni el clasismo y menos la corrupción -que fue la otra muerte pedida-, se acaban con una condena a muerte gritada una noche de 15 de septiembre.
La segunda reflexión que me dejó estos innovadores llamados a muerte, en especial en el tema del clasismo, es que en realidad México sí padece(mos) una discriminación sostenida en la tremenda desigualdad social, la cual vive arraigada desde el otrora sistema de castas vigente durante tres siglos en tiempos de la Nueva España, que traducido en realidad pura, es que persiste la absurda y falsa creencia de una superioridad entre mexicanos, sea por el color de piel, la posición económica o el grado educativo, entre otros tópicos.
El clasismo entonces, ese al que condenó a muerte el Presidente la noche del grito de este año 2022, es un lastre terrible, que por supuesto y con justa razón hay que tratar de erradicar en este país, si es que pretendemos aspirar a contar con un México más igualitario, pero sobre todo respetuoso del prójimo.
Reza la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada en 1948 por las Naciones Unidas, que todas las personas nacemos y permanecemos libres e iguales, por su parte el cristianismo filosófico dice también que al ser todos hijos de la misma esencia divina, somos hermanos y como tales deberíamos tratarnos, más aún, sostuvo el prócer de Guelatao (Juárez) que en realidad citaba al cura de Carácuaro, (Morelos), que lo único que distingue a un mexicano de otro es el vicio y la virtud.
Luego entonces, ese llamado a derrotar al clasismo, para evitar quedarse en una simple arenga debe ir más allá, debe predicarse con el ejemplo y recordarnos siempre que no deseamos vivir en un país dividido a partir de calificativos peyorativos como “chairos” o “fifis”, pues cierto es reconocer que todas y todos somos mexicanos investidos de dignidad, personas valiosas en esencia, y que esa dignidad, nos hace formar parte de este especie denominada humanidad y de la maravillosa oportunidad de despertar cada día en una tierra cálida y generosa, nuestra hermosa tierra mexicana.
Viva México y sí, que muera el clasismo.
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