El caso de la muerte de René Robert resulta difícil de catalogar. Podemos verlo como consecuencia de la profunda indiferencia en la que nuestra raza se ha sumergido, o como causa de la apatía que parece extenderse como plaga silenciosa. Ya poco nos conmueve. Por tanto, ver a un anciano tirado en la calle al que bien puede confundirse con un vagabundo sin hogar y pasar de lado, resulta casi normal. Sin embargo, Robert era un famoso fotógrafo suizo viviendo en París que acostumbraba a sus 85 años, salir a caminar en un paseo nocturno que le servía para conciliar el sueño. Ese día, tuvo el infortunio de resbalar. Pasaron nueve horas con transeúntes que caminaron a su lado sin hacer nada, hasta que un vagabundo llamó a los servicios de emergencia. Para entonces, ya era demasiado tarde, el fotógrafo había muerto de hipotermia.
Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra: decenas de veces, salvo honrosas excepciones, hemos caminado sobre cualquier acera y visto a nuestro lado a hombres, mujeres o niños recargados en las paredes de una casa cualquiera. Ya nadie se mete con nadie o por plena indiferencia o por alguna mala experiencia.
Recuerdo hace ya un par de décadas, que mi camino andado iba desde la Facultad de Derecho hacia el poniente de la ciudad. Ese día, justo a la altura del jardín de Tequis, una chica más o menos de mi edad que caminaba frente a mí cayó de súbito y comenzó a convulsionarse. Otro señor y yo corrimos a tratar de ayudarla. El señor se quedó con ella y le puso un suéter a la altura de la cabeza, mientras yo corrí a la Beneficencia Española a pedir ayuda. Era una hora transitada y para cuando volví con un enfermero que salió como de rayo, había ya un buen número de personas alrededor de la chica, que volvía ya en sí e indicaba que tenía un medicamento en su bolsa. Yo me fui de aquella romería porque mucho ayuda el que no estorba. Leer el caso de René Robert me llevó a cuestionarme si la escena de aquellos años se repetiría ahora. Mi primer impuso es responder que sí, que cualquiera apoyaría ante una emergencia médica; sin embargo, quizá ante una evidente y no ante el caso de una persona aparentemente dormida en una calle cualquiera. Ahí, quizá sean pocos los que se animen a preguntar si la persona está bien o si necesita algo. Un conocido se acercó a preguntarle a un hombre que parecía dormido en una banca del centro de la ciudad si estaba bien. Se ganó una tanda de mentadas de madre y una buena corretiza. Dijo que amén del susto, le fue bien. Por lo menos no lo asaltaron. Y es que esa es la otra, abundan historias de buenos samaritanos que por andar de redentores, acaban como Santocristos. Me vienen a la mente un par de conocidos que transitaban en la carretera hacia Guadalajara. A pie de camino vieron a una pareja que hacía señas a lado de su carro, que tenía el cofre levantado, evidenciando una falla mecánica. A ellos les había pasado algo similar hacía algún tiempo y pensaron que el momento de extender la cadena de favores, había llegado. No mal se habían bajado de su carro, una de las personas aparentemente necesitadas a punta de pistola les quitó su vehículo mientras la otra persona se subía al carro aparentemente descompuesto y arrancaron. Afortunadamente una de las víctimas traía su celular en la bolsa de la chamarra y pudieron pedir ayuda. Los Ángeles Verdes los rescataron. Su carro fue localizado, desvalijado, una semana después. De las cosas que traían en su maleta no volvieron a saber.
Los actos de bondad con desconocidos comienzan a escasear. El temor a que nos pase algo, la prisa en la nos enrolamos cada semana en la rutina o simplemente la completa indiferencia, están llevándonos a acciones que bien pueden calificarse como inhumanas. El ejercicio colectivo entonces, debería partir desde una introspección que nos permita aceptar si estaríamos dispuestos a ayudar a un extraño así, sin mayor información. Entonces quizá podríamos aventurarnos a responder qué clase de sociedad nos estamos convirtiendo y qué alcances comunitarios podemos dar a nuestras acciones.
René Robert ha muerto por indiferencia. Quizá nosotros también.