Los aeropuertos pueden ser lugar de tedio eterno o fructífero pozo de historias. Cada quien decide al momento de tomar una butaca. Yo tenía sueño. Mucho sueño, tanto que sentía que la cabeza iba a volar sin el resto del cuerpo si no tomaba un descanso. Había ya llegado a la sala de embarque y calculé que tendría por lo menos una hora antes de abordar, así que acomodé mi mochila y me dispuse a tomar una siesta. No creo que haya pasado mucho tiempo cuando me despertó un inconfundible y punzante dolor en el dedo chiquito del pie al ser atropellado por las rueditas de una maleta. No fue tanto como para que me salieran lagrimitas, pero sí suficiente como para querer tener árnica a la mano. El dueño de la maleta, apenado y cargado con una gran chamarra enorme en su mano derecha, el asa de la maleta en la izquierda y una mochila mal puesta en la espalda se disculpó mientras acomodaba sus cosas en el asiento contiguo al mío. Luego, se desparramó sobre la silla de a lado con el claro gesto de quien ha librado una batalla sangrienta y pese a todo, ha ganado. “-¿Migración?”- Le pregunté. “-Si, y el chequeo de seguridad, pensé que no la libraba.-“, “-Pues enhorabuena, le has ganado a los puntos de control, felicidades-“. Me despedí de mi siesta fallida y me senté más derechita, pensando que ya no valía la pena retomar el sueño. Mi vecino era un hombre enorme. Supongo que debe de haber tenido más o menos mi edad. Era moreno, alto, con cabello azabache, bigote recortado. Vestía un pantalón de mezclilla combinado con unas botas de montar con punta de pico, una camisa blanca, sudadera gris medio puesta y una chamarra negra con el logo de los Steelers. Venía de una conexión desde algún estado muy al norte, corriendo para poder tomar el vuelo final, hacia San Luis. Le pregunté si iba ya de regreso a casa y me dijo que en cierto sentido, sí, pero que en otro sentido, no: “-Verás, yo como la india María, no soy ni de aquí, ni de allá. Mis papás hace muchos años se vinieron de mojados pa’ca pal norte y anduvieron haciendo de todo. Estuvimos en Texas, luego en Oregon y acabaron en Ohio, como muchos paisanos. Siempre así, de ilegales, pero con el cobijo de la familia, de los amigos. Pero llegó un momento, cuando ya se hicieron viejos, que se hartaron de los gringos. Ellos habían mandado dinero a una tía que se quedó y les construyeron una casita allá en el rancho, y ahí están ahora. Acá ya no se hallaban, sus amigos se habían ido o muerto, los inviernos acá calan más feo. Pero no creas, yo noto que allá tampoco se hallan. Es lo malo de andar tanto tiempo en el gabacho. Yo, así como me ves, ya soy gringo. Yo nací acá, junto con mi hermana la chica, así que no tengo problemas, mis hermanos los grandes unos por desidiosos, otros porque no quieren, andan todavía ahí en medio. Mis hijos también son gringos, ya sabes, todos prietos como uno, pero hablando ya re bien el inglich. Yo sí hablo, pero con acento pochote. Yo nunca voy a poder ser uno de ellos, pero francamente, tampoco uno de los de allá. Soy así como de ningún lado, comiendo MacDonalds y Sundays que me gustan bastante, pero sé hacer tacos rojos con chocolate caliente pa los días fríos, como hoy. Ora no voy a poder ir en diciembre, se me carga el trabajo, gracias a Dios, y por eso me vine ahorita, pues pa no dejar pasar la fecha.-“
Nos llamaron a abordar, él estaba dentro del primer grupo de abordaje después de ancianos y niños. Acomodó sus cosas con calma, me volteó a ver y se despidió alegremente: “-Ni de aquí, ni de allá, como la India María.-“. Un poco de todos lados, pensé yo, mientras me sobaba el dedo chiquito.