Incluso en islas habitadas únicamente por pingüinos —sometidas a aranceles de Trump— se ha comprobado que ningún país se puede sustraer de lo que sucede más allá de sus fronteras. Anclado en el pasado y consumido por inseguridades y complejos, a López Obrador le hubiera gustado aislar a México del mundo. La realidad geográfica y económica se lo impidió. Forzado a fijar rumbo, optó expresamente por no tener política exterior. Ninguna. Dejó al país navegando a la deriva de sus caprichos personales.
Bajo gobiernos del PRI, la política exterior fue fuente de prestigio para disimular autoritarismo y corrupción en nuestro país. Después fue instrumento para apalancar la política interna —no al contrario, como pretendió AMLO. En el México de hoy, siete años después, no es lo uno ni lo otro. Nuestro país ha perdido influencia internacional por sus ausencias, ha generado desconfianza y desprestigio entre organismos internacionales y aliados por su falta de compromiso, y se ha quedado solo en la región por intervenir en procesos internos de otras naciones.
En condiciones disminuidas como éstas, la diplomacia mexicana tendrá un año muy difícil. Como otras, deberá lidiar inteligentemente con varias crisis internacionales en las que un megalómano como Trump es protagonista, comenzando por Venezuela e incluyendo a Irán, Ucrania, un potencial fin de la tregua en Gaza y hasta Groenlandia, más lo que se acumule. Por si fuera poco, tendrá que embarcarse, además, en una redefinición de la relación bilateral con EU, en la que México se juega su futuro y que incluye la renegociación del T-MEC, la amenaza de ataques contra narcoterroristas en territorio nacional y temas como migración, debilidad del Estado de derecho y desconfianza de inversionistas.
¿Como responderá? Con un régimen atrincherado como el actual es previsible que la inercia se imponga y que veamos más de lo mismo. La concentración en EU se profundizará, lo que es natural. Por ello, la falta de herramientas, recursos e interés probablemente provocarán un mayor abandono de los organismos internacionales y del resto del mundo. Lamentablemente, México dejó de ser socio estratégico para Canadá o Europa. Por ello, seguiremos enfrentando a Trump solos o, peor aún, con el apoyo —contraproducente— de las dictaduras latinoamericanas. Por si fuera poco, el pulso con EU estará a cargo de un gobierno muy popular, pero en bancarrota, dividido entre facciones internas, perseguido por la corrupción y la impunidad, con una economía estancada. La situación de vulnerabilidad y asimetría extrema de nuestro país con respecto al vecino del norte es tal que las concesiones a EU seguramente harán palidecer las del año pasado.
Es verdad que no hay salidas fáciles para México porque nos arrinconamos voluntariamente y porque, al mismo tiempo y sin apenas darnos cuenta, las grandes potencias reemplazaron un círculo virtuoso de cooperación internacional con uno transaccional que abandonó los principios y valores que mantuvieron la paz y la seguridad del mundo de la postguerra. Hoy no solo tenemos que lidiar con Trump sino también con un sistema internacional en el que ya no se respetan reglas y el derecho internacional ha dejado de ser manto protector de los países sin grandes ejércitos, pero defensores de las mejores causas. En pocas palabras, sufrimos una sacudida global que no podía haber llegado en peor momento para México porque es cuando estamos menos preparados.
@amb_lomonaco