Ni una menos

¿Qué tanto pierde validez una causa a consecuencia de los métodos que son utilizados para empujarla? Durante la última semana, la causa feminista ha dado de qué hablar, no tanto por los objetivos que se perseguían al momento de realizar la manifestación de la Ciudad de México (aunque bien se sabe que se replicaron diversas marchas por todo el territorio nacional) y que tomó un giro violento que, quiero pensar, no fue planeado. Las pintas en el Ángel de la Independencia y los destrozos en lugares públicos, opacaron el grito desesperado para que cese la violencia sistémica contra las mujeres. 

Seguramente han escuchado hablar de “Argumento ad hominem”, que no es otra cosa más que “un tipo de falacia (argumento que, por su forma o contenido, no está capacitado para sostener una tesis) que consiste en dar por sentada la falsedad de una afirmación, tomando como argumento quién es el emisor de esta[.] Para utilizar esta falacia se intenta desacreditar a la persona que defiende una postura, señalando una característica o creencia impopular de esa persona[.”  Dicho en otras palabras, se deja de lado el contenido del argumento, en virtud de la reputación de quien lo emite. El filósofo inglés, John Locke fue quien primero identificó este tipo de argumentos, estableciendo que “se tergiversa un argumento válido y se afirma que x es una proposición falsa porque la que la persona que la afirmó tiene algún defecto atacable, en lugar de verificarse de la veracidad de x.”

Pongamos un ejemplo: digamos que voy al médico porque estoy pasada de peso. Lo hago porque la ropa ya no me queda, me cuesta trabajo caminar y al subir escaleras me quedo sin aliento. Además, he sufrido taquicardias. Solicito cita con un médico ampliamente reconocido y el cual tiene pacientes que atestiguan la eficiencia de su trabajo. Al llegar a consulta, me doy cuenta de que es un tipo bajito, de facciones redondas. No es, como uno pudiese esperar, un Hércules. Después de revisión y ciertos análisis, el médico determina deterioros a mi salud causados por la obesidad. Indica cierto tratamiento que conlleva algunos sacrificios en la dieta, ciertos medicamentos y entonces afirmo: “Y yo qué caso le voy a hacer a este gordo, nada más es cosa de verlo para darse cuenta que el tipo no tiene idea.” Sin embargo, eso no quita que del resultado de los análisis se desprenda que los triglicéridos estén en niveles arriba de lo normal, que el colesterol ande por los cielos y que el corazón no esté trabajando como se debe ante tanto peso.  Aun así, pareciera que todos estos datos no importaran dado que quien los presenta, no es una varita de nardo. 

Constantemente hemos atestiguado ataques ad hominem: críticas a pensadores porque eran judíos, u homosexuales, o mujeres, o alcohólicos, o cuyas ideas pasan a segundo término por el hecho de pertenecer a cierto grupo del cual, generalmente, no hubo opción de elección. 

El popularmente llamado Ángel de la Independencia, es de mis lugares favoritos en el país. Cada que voy a la Ciudad de México procuro pasar a saludarla. El lugar me emociona por la cantidad de concentraciones que ha  recibido, volviéndose el corazón del país. Bajo sus alas se han celebrado desde partidos ganados por la selección mexicana de futbol, hasta triunfos inconcebibles que han fortalecido la democracia.  Personalmente no me gusta que haya acabado maltrecha y rayoneada después de la marcha de mujeres. Sin embargo, ninguna pinta en ningún lado descalifica la grave situación que vivimos las mujeres en México. Los datos proporcionados por la ONU a través del reporte “Violencia y Feminicidio de Niñas y adolescentes en México” publicado este año,  son contundentes: en el país, uno de cada quince embarazos es de niñas y adolescentes. A nivel nacional, 51.4% de las niñas y las adolescentes viven en pobreza.  El 60.6% carece acceso a la seguridad social, es decir, tres de cada cinco niñas y adolescentes. El 38.2% de las mujeres de 15 años y más experimentaron algún tipo de violencia en la infancia. El tipo de violencia que se reportó con mayor frecuencia fue la física (32.1%); 18% de las mujeres reportaron haber sufrido violencia psicológica y 9.4% violencia sexual. Las niñas menores de cinco años son las que presentan los niveles más altos de violencia familiar en el periodo de 2011 a 2017, con excepción de 2016. 

En cuanto a feminicidios, la ONU reporta como preocupante el bajísimo número de necropsias que se practican. Las muertas queda ahí, sin estudios forenses que ayuden a esclarecer las causas de su defunción. Los lugares para ser asesinada y los métodos sí se conocen: los asesinatos ocurrieron en mayor proporción en la vía pública (55%), y el medio más utilizado fue el arma de fuego (51.9%) seguido del ahorcamiento, estrangulamiento, sofocación, ahogamiento e inmersión (16.3%) y del objeto cortante (10.3%). En 13% de las defunciones femeninas de niñas y adolescentes en la vía pública se desconoce el medio utilizado. En lo que se refiere a las víctimas de delitos, se observó que en el periodo de 2015 a 2018 hubo un total de 194 feminicidios de niñas y adolescentes, 3,044 casos de corrupción de menores, 671 homicidios dolosos, 12,545 lesiones dolosas, 201 casos de tráfico de menores y 427 casos de trata de personas. Quién sabe cuántos sean en realidad: no hay denuncias en un inmenso número de casos. 

Ahora bien, no nos vayamos tan lejos: en las últimas cuarenta y ocho  horas en San Luis Potosí capital, hubo dos muertes violentas de mujeres. En el primer caso, encontraron en la colonia Las Piedras, con terribles golpes en el rostro el cuerpo de una chica. En el segundo, en la madrugada del pasado domingo, los vecinos de la colonia Muñoz escucharon los gritos desesperados de una mujer que había sido quemada y golpeada por desconocidos. Murió en el Hospital Central horas más tarde.

Podemos estar de acuerdo con que la violencia genera más violencia. También podemos establecer que el diálogo razonado es mucho más productivo que destrozos en la calle. Sin embargo, no debemos caer en la tentación de aplicar una especie de argumento ad hominem contra la causa feminista. Tampoco debemos de caer en la simplificación absurda del fenómeno a través del uso de heurísticos cognitivos que no hacen otra cosa más que evidenciar la ignorancia de las causas de un compejísimo problema. Las feministas no son feminazis, ni el hecho de tener cierta presencia física no acorde a estándares tradicionales de belleza, justifica las burlas hacia situaciones tremendas, como exigir que terminen las violaciones sexuales hacia las mujeres. Y para el caso, ninguna otra violación a Derechos Humanos.

No se cuánta diamantina rosa más tenga que ser derramada, pero sí sé que no podemos permitir que la violencia contra las mujeres continúe. Que no haya ni una menos.