“Las dictaduras carecen de imaginación, repiten sus mentiras, su saña, sus odios y sus caprichos”.
Sergio Ramírez
Por lo menos habrá que agradecer a Daniel Ortega su sinceridad: “Ya quisieran ellos [la oposición] ganar elecciones para hacer reales [ganar dinero] con las escuelas. Aquí no volverá a haber elecciones, para que por allí intenten ellos atrapar el gobierno, atrapar el poder”.
Hace mucho que Ortega, de 81 años, es un dictador, pero ahora no realizará ni siquiera ese ejercicio formal electoral para pretender que Nicaragua es una democracia. Incluso Cuba tiene elecciones, aunque no son democráticas.
Ortega fue uno de los líderes de la revolución sandinista que derrocó al dictador Anastasio Somoza Debayle en 1979. Formó parte de la primera junta de gobierno con el escritor Sergio Ramírez y la editora Violeta Barrios de Chamorro, viuda del director de La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro, asesinado en 1978. Ortega fue presidente por elección de 1985 a 1990. En 1990 se presentó a la reelección y fue derrotado por Violeta Barrios. Se postuló nuevamente en 1996, pero lo venció Arnoldo Alemán. En 2001 perdió nuevamente. En 2006 buscó otra vez la presidencia, promoviendo mensajes sobre Dios, el amor y la reconciliación, y prometió respetar la propiedad y las libertades individuales. Esta vez triunfó con el 37.99 por ciento de los votos. Desde entonces está en el poder. En 2014 modificó la constitución para permitir su reelección indefinida y decretar leyes sin pasar por el Congreso.
No es inusual que un revolucionario se convierta en dictador. Hemos visto a Napoleón, Lenin, Mao, Fidel Castro, Hugo Chávez y muchos más. Pero Ortega es más patético. Con los años se ha vuelto crecientemente autoritario e irracional. Ha reprimido de forma sanguinaria a quienes protestan, ha expulsado a los disidentes y los ha despojado de su nacionalidad y propiedades, ha cancelado los registros de las organizaciones no gubernamentales, ha perseguido a la Iglesia y a sacerdotes y obispos, ha hostigado a medios de comunicación y periodistas independientes. Quienes expresan cualquier crítica al régimen son tildados de agentes extranjeros, traidores a la patria o criminales, y se les reprime y persigue judicialmente.
A su esposa Rosario Murillo, de 75 años, la hizo primero vicepresidenta, pero después la designó copresidenta. Ella ha llenado las principales avenidas de Managua con altares y estructuras metálicas, conocidas como “árboles de la vida”, que mezclan cultos cristianos y esotéricos.
Ernesto Cardenal, sacerdote y escritor, izquierdista comprometido, fallecido en 2020, fue miembro del Frente Sandinista y ministro de cultura, pero abandonó el sandinismo en 1994 por el autoritarismo de Ortega. Rolando Álvarez, obispo de Matagalpa, fue detenido en 2022 y condenado en 2023 a 26 años de cárcel por “traición a la patria”; finalmente fue expulsado del país y despojado de su nacionalidad nicaragüense. Contra Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes, se giró una orden de aprehensión en 2021 mientras viajaba a España; en 2023 se le retiró la nacionalidad mientras que su casa, con todo y su amada biblioteca, fue confiscada. Gioconda Belli, quien también fue parte del sandinismo, fue despojada de su nacionalidad nicaragüense en 2023.
A pesar de las violaciones a los derechos humanos, Nicaragua fue reelecta en abril como miembro del Comité de Organizaciones No Gubernamentales del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas para 2027-2030. A este comité pertenecen también Cuba y México. Nuestro país mantiene relaciones diplomáticas normales con Nicaragua. Las violaciones a los derechos humanos no le molestan a la 4T.
Inmunidad
El gobierno estadounidense ha pedido al Departamento de Justicia que garantice la “inmunidad judicial” de la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, en una demanda civil en Florida. Al presidente Trump no le interesan ni la justicia ni la democracia.
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