Desde que comenzó la pandemia no había hablado con mi amiga, la versión femenina de Maestro Limpio. Ella y yo trabajamos juntas hace mucho tiempo y me llamaba la atención cómo antes de que estuviera de moda, limpiaba afanosamente su escritorio cada mañana con un trapo húmedo que olía a una mezcla de Pinol y Cloralex. Nuestro trabajo nos hacía tocar diariamente cientos de papeles y ella, discretamente, se paraba docenas de veces a lavarse las manos. A mí en ese entonces aquello me parecía una exageración. Luego me di cuenta que su obsesión por la limpieza era una forma de vida: en su espacio de trabajo siempre había productos varios de aseo y ella siempre olía ligeramente a alcohol del 96. Alguna vez me subí a su carro y lógicamente resultó ser un espacio prístino. Parecía recién sacado de la agencia, sin una moronita. Su color azul cielo recordaba el ambiente de un hospital. He de confesar que de momento, aquello me pareció una excentricidad, pero ni siquiera una interesante.
Con el tiempo supe que había conseguido trabajo en otro estado, a donde se mudó hace años y formó una familia que ya tiene más raíces allá que aquí. De vez en cuando nos enviamos algún mensaje para recordar los viejos tiempos. Y, francamente, no recordaba su excentricidad hasta que en estas épocas mi escritorio comenzó a oler a lo que olía el de ella. Le llamé y le pregunté cómo estaba, y me contestó con el “¡A toda madre!” más sincero que he escuchado en las últimas épocas. Su voz denotaba triunfo, una especie de “Se los dije” largamente esperado. Ahora no solo ella se desinfecta, sino que desinfecta con gusto a toda su familia. El cubrebocas lejos de estorbarle, le ha parecido maravilloso: ahora puede salir a la calle usándolo sin ser juzgada de rara. El uso compulsivo de jabón ahora está plenamente justificado e incluso sus conocidos la han tomado ya como una especie de consultora: ¿Con qué se limpia mejor la tarja de la cocina, con este producto, o con este otro? ¿Cómo le haces para limpiar tu celular sin desgraciarlo? ¿Qué tapete sanitizador estás usando? ¿Con qué limpia la suela de sus zapatos al llegar a casa? ¿Se cambia completito de ropa al llegar de la calle? Ella, en un tono que noté complacido, generosamente comparte cualquier tip de limpieza que tenga. “-Por cierto, veo que ya usas lentes. Lávalos con agua y jabón por lo menos tres veces al día, es lo mejor-“ Y bueno, corrí a hacer lo que Maestra Limpia había indicado.
La vuelta presencial a su trabajo comenzó ayer y a diferencia de lo que esperaba, la encontré relajada y lista. Tiene una buena provisión de cubrebocas, dos caretas de plástico y todo un kit de ataque contra virus conocidos y por conocer. Creo que no hay mujer más preparada para estar en una oficina que ella. Su único tema de descontento, va más bien por el lado social. Después de casi cuatro meses haciendo lo mismo que hace en su trabajo, pero desde su casa y con mucho más comodidad, no le encuentra mucho sentido a volver a apachurrarse en un escritorio compartiendo espacio con otras veintitrés almas. No es que sea antisocial, de hecho, noté cierta nostalgia por el chacoloteo que se arma en las oficinas cuando se encargan taquitos para el desayuno, o se organizan pasteles para los cumpleañeros del mes. Sin embargo, se dio cuenta que es mucho más eficiente desde casa. Los horarios de la oficina empatados con los de su familia la estaban ahogando. Correr para todos lados la hacía no estar en ningún lugar plenamente. Así, desde casa, controla su tiempo, se siente mucho menos presionada, más contenta. “-Pero bueno-“, finalizó “-No siempre se gana-” Y juro que escuché el ruido del Magitel limpiando su teléfono.