Llevo tres días sumergida en el mar de la desesperación. Comencé desde el viernes a sospechar lo que hoy, lunes, a las cuatro y cuarenta y nueve de la tarde es una realidad: no tengo tema para la columna. No malentendamos, asuntos hay muchos, lo que no tengo es inspiración para hacer de cualquiera de ellos algo mío. No es tampoco la primera vez que pasa. No supondrá usted, lectora, lector querido, que en casi quince años de publicar cada martes, haya tenido en digamos setecientas ocasiones, la imaginación activa, los temas listos y la pluma ágil. Tampoco supondrá que esto que usted lee en cinco-siete minutos quede escrito en digamos, quince. Afortunadamente hay ocasiones que esto funciona lo más parecido posible a un arrebato místico de esos que tenía mi parienta Santa Teresa de Ávila y la columna casi se escribe sola. Sin embargo, la mayoría de las veces no es así. Esto es un proceso de disciplina, constancia y terquedad. Ya en el camino aparece la claridad, el gozo, el disfrute absoluto y la ligereza; pero de entrada, esto es pura persistencia y autocontrol.
Puedo certificar que no hay cosa más terrorífica que una página en blanco. La descarada se aparece frente a mí desafiante, retadora, burlona, así como diciendo: “-Anda, yo estoy aquí pa’ lo que quieras, ¿no que muy salcita?-“ y entonces me obligo a leer diez, quince, veinte textos; recuerdo doce, dieciocho anécdotas; rescato trece, veintiún datos; repaso once, treinta y tres noticias. Y entonces, puede ser que Calíope, Clío, Erató, Melpómene, Talía, Terpsícore o Urania juntas o por separado, se apiaden de mí y me presten un tema con el cual mis letras se sientan cómodas y lo suficientemente en confianza como para fluir sin obstáculos en el teclado o entre la tinta; porque sí, de vez en cuándo siento la urgente necesidad de tomar una pluma, una libreta y escribir sólo ahí, aunque tenga a la mano la computadora. Eventualmente, por supuesto, aquello termina en blanco y negro, en una pantalla pixelada; pero para entonces la escritura es mero trámite y lo real pasó antes.
Hay veces, incluso, que las musas me ponen generosamente en bandeja de plata dos o tres cosas que puedo hacer mías y entonces me doy el lujo de descartar algo de lo que me ofrecen; pero aunque haya de qué escribir, no necesariamente significa que todo termine pronto. Las palabras son tiránicas y no me dejan, ni las dejo, hasta que quedo completamente satisfecha; a sabiendas de que, al día siguiente, cuando sean publicadas, cada quien puede interpretarlas como le plazca, aun cuando resulte exactamente lo contrario a mi intención inicial. No estoy exenta de reinterpretar mis propias palabras. Pasa cuando en un estúpido ejercicio de autoflagelación, releo lo que escribí y me doy cuenta que aquello no era lo que yo quería, y entonces siento detrás de mí al fantasma de la página en blanco, haciéndome saber que atrás de las letras negras, está su omnipotente presencia.
Pero esta vez no es así. Las musas me han abandonado, la disciplina flaquea, la constancia está perdida. Me cuestiono entonces si será momento de cerrar estos casi tres lustros y dejar de escribir. Quizá ya no tengo nada que decir y lo mejor será optar por el silencio. Visito entonces uno de los círculos del infierno destinado para los escritores y escucho alaridos de dolor, plegarias de arrepentimiento, risas malditas que me advierten que nunca, nunca saldré de ahí. Y entonces, aparece Virgilo, ahuyentando mis bestias y recuerdo que escribo simplemente, porque me hace feliz.
Así que hoy no tengo tema. Y aún así, escribiré sobre la nada.