En política, la hostilidad y el odio son recursos muy sencillos. No requieren de reflexiones concienzudas ni de confrontaciones entre ideas. Parten del antagonismo, de una primera diferenciación entre nosotros y ellos. La política, vista así, parte entonces de una función de asociar y defender a los amigos, y de dividir y de combatir a los enemigos. Nosotros estamos bien, ellos siempre están mal.
No importa el intercambio de ideas, tampoco las razones del disenso, ni las posibles áreas de consenso. Quien presenta -o peor aún, entiende- a la política de este modo, se condena a sí mismo a vivirla como disputa y nunca como encuentro; a calcularla siempre como sustracción o división, y nunca como suma o multiplicación. Después de esto vienen muchas cosas, casi todas determinadas desde la contraposición entre alternativas. La parte virtuosa de ello -lo insinuamos en este espacio hace una semana-, puede ser la posibilidad dialéctica de las oposiciones, siempre y cuando el resultado del choque sea un producto fortalecido; pero me temo que para quien entiende a la política como una mera competencia por ganar, dominar, imponer, niega a sí mismo la posibilidad de ganar perdiendo, o de tener muchos ganadores.
Carl Schmitt y Julien Freund explicaban la naturaleza de lo político desde estas contraposiciones. “Mientras haya política, ésta dividirá a las colectividades en amigos y enemigos”, escribió Freund en 1968. Se relaciona con la conflictividad humana, con la divergencia de intereses, con las luchas en potencia, con el desequilibrio de fuerzas. La política es la guerra, por eso quienes así la predican, entienden y mal, a la hostilidad y el odio como recursos políticos.
[Intermezzo. Baltasar Gracián publicó entre 1651 y 1657 su novela más célebre: El Criticón. Una obra que con pesimismo describe la naturaleza humana. Ahí pueden leerse las siguientes líneas: “Este es un falso político llamado el Maquiavelo, que quiere dar a beber sus falsos aforismos a los ignorantes. ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y verdaderos? Y, bien examinados, no son otro que una confitada inmundicia de vicios y de pecados: razones, no de Estado, sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su lengua, y arroja fuego infernal que abrasa las costumbres y quema las repúblicas”. Gracián advierte sobre los embustes de quien hace política desde la arenga y que, incluso abusando de lo que Maquiavelo no escribió y nunca quiso decir, entiende al poder como un patrimonio y a la política como un recurso.]
Ya viene siendo el tiempo de cambiar la narrativa sobre la forma en que entendemos -o que se nos presenta- a la política y la democracia. Flaco favor nos ha hecho la reducción de esta última a una aritmética de papeles -sentenció Jesús Silva Hérzog-Márquez- por sobre la noción de una forma de diálogo. La democracia no es una competencia, sino un marco de posibilidades. No es la imposición de reglas de mayoría, sino la integración de las muchas minorías. La política posibilita que la democracia sea un marco de convivencia entre quienes no somos necesariamente iguales.
Desde esa lógica, también nos haría mucho bien identificar -y por qué no, despreciar- a los discursos que predican una política desde el odio y la hostilidad. ¿No parece un script ya visto que en campañas electorales nos dividimos para luego proclamar la unidad? Mire el problema de polarización en el que está metido Estados Unidos. Mire el problema en que podemos meternos nosotros mismos si mantenemos -o peor aún, cultivamos- una noción de la política desde el conflicto.
Déjeme ser claro. La competencia pacífica entre opuestos tiene sus muchas virtudes. De lo que hablo es de evitar la normalización de la hostilidad y el odio como recursos políticos.
[Botella al mar: Hace unos años escribí un texto teórico sobre democracia deliberativa en el ámbito local. Parte de la noción -también dialéctica- de que una decisión democrática es producto de la conciliación de ideas, donde no se imponen fuerzas sino que se intercambian razones. Quise encontrar esta democracia en diseños institucionales ya existentes. Fui advertido: - “tu marco teórico está lleno de ilusiones, tienes que construirlo para entender, no para desear”. A Sara Gordon Rapoport, mi eterno, sincero y humilde agradecimiento, dondequiera que se encuentre].
Twitter. @marcoivanvargas