En diversas ocasiones he mencionado en esta columna que, a mi parecer, vivimos tiempos canallas. Esta semana el señor López ha dado la confirmación absoluta de eso.
Dos muestras simples: el reconocimiento de la injerencia en la Suprema Corte de Justicia de la Nación a través de ese siniestro personaje que ha resultado Arturo Zaldívar, para ese entonces presidente del Alto Tribunal y hoy abierto matraquero de las ideas palaciegas, así como la publicación del teléfono de la corresponsal del New York Times en su circo mañanero y su cínica respuesta a los cuestionamientos sobre ese acto irresponsable e ilegal, colocándose por encima de la Constitución y de cualquier otra norma que exista o vaya a existir, invocando una supuesta autoridad moral al margen del Estado de Derecho lo que le abre la puerta al salón de la fama de dictadores y tiranos.
Mucha tinta ha corrido en medios impresos, muchos bits en páginas digitales y muchas voces en radio y televisión se han levantado para cuestionar, criticar, exhibir y hasta maldecir a quien día con día intenta sepultar a la democracia en México y que lleva por nombre Andrés Manuel López Obrador (nombre que escribo por primera y única vez completo en esta columna).
Por tal motivo he tomado la decisión de no seguir más esa línea de simplemente exhibir lo que es más que público y notorio: la precariedad moral de López, la obediencia ciega de sus acólitos y la corrupción galopante de sus parientes y amigos que se hinchan las bolsas con el aval de la “moralidad” presidencial.
A partir de ahora en este espacio trataré de compartir opiniones de mayor contenido propositivo y que resulte provocador de la reflexión y no de la repulsa que se le debe al actual gobierno, que para eso se pinta solo y no me necesita para evidenciar lo que cínicamente expone día a día por la mañana desde palacio nacional.
Hoy llamo la atención de mis lectores sobre un ensayo de Pierre Rosanvallon, publicado en el portal Nueva Sociedad (https://nuso.org/articulo/la-democracia-del-siglo-xxi/) titulado “La democracia del siglo XXI), del que comparto algunos fragmentos que estimo de interés para reflexionar sobre el futuro de esta forma de gobierno que al parecer ya no tiene mucho que dar desde la perspectiva tradicional.
Escribe Rosanvallon: “El desencanto democrático contemporáneo es un hecho establecido. Se inscribe con evidencia en una historia hecha de promesas incumplidas e ideales traicionados. Pero ¿de dónde proviene precisamente y cómo superarlo? Necesitamos un diagnóstico y debemos rastrear soluciones. Una parte del problema involucra, sin duda, los defectos y faltas de los hombres y las mujeres políticos, a menudo aislados de la sociedad, muy concentrados en sus carreras y a veces incluso corruptos. Pero este proceso de la clase política, sobre el que prosperan los partidos populistas, está lejos de explicarlo todo. De hecho, existen causas estructurales y profundas que subyacen al fenómeno contemporáneo de la desafección democrática.”
En su texto, el autor señala que hay una disminución de la capacidad de representación en las elecciones debido a razones tanto institucionales como sociológicas. La creciente centralidad del Poder Ejecutivo ha transformado la noción de representación política, la cual se concebía en el nivel de las asambleas parlamentarias, donde se buscaba reflejar la diversidad de la sociedad; sin embargo, en la actualidad; hoy ocupa el centro de la vida democrática, lo que se ha denominado “presidencialización de las democracias”.
“Así tenemos la simplificación de la representación por la pretensión de la encarnación y el culto del líder, la simplificación del ejercicio de la soberanía por la sacralización del referéndum, la simplificación de la idea de voluntad general por la omnipotencia del hecho mayoritario y el rechazo de otras figuras de expresión de la generalidad” escribe Rosanvallon.
Una sola persona no representa por sí solo a toda una sociedad diversa.
@jchessal