Nuevo orden mundial

Enero inició con una sacudida. Una fuerza que, por su intensidad y su carga simbólica, remite al levantamiento zapatista, aunque esta vez no localizada ni periférica, sino intracontinental, atravesando fronteras, discursos y certezas que creíamos inamovibles.

En este contexto, vale la pena detenernos —con atención y sin prisa— en el reciente discurso del primer ministro de Canadá, pronunciado en Davos. No para consumirlo como una pieza más de la retórica diplomática, sino para leerlo como un síntoma y, quizá, como una grieta.

Lo comparto aquí con el objetivo de sumar argumentos sólidos que revitalicen y fortalezcan nuestra reflexión en torno a lo que muchos han comenzado a nombrar como un “nuevo orden mundial”: ¿estamos frente a un simple reacomodo de fuerzas?, ¿ante el resquebrajamiento universal de los sistemas tal como los conocimos?, ¿o frente a algo más profundo —la caída de una ficción colectiva— cuya exposición deja al descubierto el andamiaje que durante décadas sostuvo la corrupción, la impunidad y la obediencia silenciosa?

El discurso que sigue, publicado por La Jornada el 21 de enero de 2026, no ofrece respuestas cómodas. Por el contrario, plantea una invitación incómoda pero urgente: reconocer las mentiras que hemos normalizado, los rituales que seguimos reproduciendo y el papel que cada uno —país, empresa, ciudadano— juega en la persistencia o ruptura de esos sistemas.

A continuación, el texto íntegro:

“Es a la vez un placer y un deber estar con ustedes esta noche, en este momento crucial que atraviesan Canadá y el mundo.

Hoy quiero hablar de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica —donde las grandes potencias— parece no estar sometida a límites ni restricciones.

Por otro lado, quiero decirles que los demás países, especialmente las potencias intermedias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados.

El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad.

Parece que todos los días se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden internacional basado en reglas se desvanece, que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

Y este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales reafirmándose.

Frente a esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a acomodarse, a evitar problemas, a esperar que la complacencia compre seguridad.

Pues bien, no lo hará.

Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel, quien más tarde sería presidente, escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder, y en él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un verdulero.

Cada mañana, este comerciante colocaba un cartel en su escaparate: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. No creía en ello, nadie lo hacía, pero lo colocaba para evitar problemas, para mostrar obediencia, para seguir adelante. Y como cada comerciante en cada calle hacía lo mismo, el sistema persistía, no solo por la violencia, sino por la participación de personas comunes en rituales que en privado sabían que eran falsos.

Havel llamó a esto “vivir dentro de la mentira”.

El poder del sistema no provenía de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera verdadero, y su fragilidad provenía de la misma fuente. Cuando incluso una sola persona deja de actuar, cuando el verdulero quita el cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse. Amigos, ha llegado el momento de que las empresas y los países quiten sus carteles.”

Tal vez el verdadero punto de inflexión no sea el colapso de un orden, sino el momento en que dejamos de sostenerlo con gestos vacíos. Como advierte Havel —y retoma este discurso—, el poder de los sistemas no reside en su verdad, sino en nuestra disposición a actuar como si la tuvieran. Quitar el cartel es, hoy, un acto político. Y también una responsabilidad compartida.