Palo dado

Palo dado ni Dios lo quita. El otro día se presentó en mi oficina cierto personaje del pasado, un señor que ya ronda más en la tercera edad que en la segunda y que llevaba sin ver por lo menos desde que empezó la pandemia. Me dio gusto verlo, dado que evocaba cierta época de mi vida que en general, fue buena. Supongo que de alguna manera debió enterarse de mi nueva ubicación y se le ocurrió pasar a saludar, porque en realidad, asunto no traía. Cuando entró sentí que de golpe se venían ciertos recuerdos que fueron abruptamente cortados ante la lapidaria frase: "-Licenciada, la veo más gordita-" "-¡Mta!"-, pensé, "-Un hola, de perdido-". Mi mente funciona rápido y tiende al sarcasmo, pero con los años he aprendido a que no necesariamente todo lo que pienso tiene que ser dicho, así que respondí que también me daba gusto verlo. La visita, que probó no tener más finalidad que la social, no duró más de diez minutos. El malestar me duró el resto del día. Y no pasaban de las once de la mañana.  

Me puse a pensar mil cosas. De entrada, que estaba gorda. Gorda como el monito de Michelín. Gorda como globo de la Alameda. Gorda como el fantasma de malvavisco de los Caza Fantasmas. Gorda como la cuenta de banco de Carlos Slim. Gorda como la más gorda. Me revisé. Bueno, varita de nardo no soy. Nunca he sido. Esta persona me conoció a finales de treintas. Ahora estoy a tres pasos de los cincuentas. Hago ejercicio, como frutas y verduras, parí dos hijos. Pasaron casi dos décadas. Nunca he escondido mi edad. Me quedan pantalones que tengo desde el año del caldo. Tengo curvas. Me gustan, no las niego, nos llevamos bien. 

Me precio de ser una mujer segura. No cualquier comentario me tumba, no cualquier vientecito me despeina. Sé bien  que el tiempo pasa, que no puedo ser la jovencita que fui, ni pesar cuarenta y tantos kilos, ni tener el abdomen plano, el pecho firme o las piernas duras como piedras. Usualmente me siento bien plantada no nada más en mi físico, que es el adecuado a mi edad, sino también en aquello que me he empeñado en alimentar: leo, escribo, pienso. Me gustan las tres cosas. Tengo un ego saludable. No me causa ningún problema aceptar cuando no sé las cosas, ni preguntar a quien sí sabe, ni dar el crédito a quien se merece. No me interesa ya tener reflectores, ser alabada y para el caso, poco me estremece si una critica no es bien ganada. A las que sí son, las escucho sin mayor alebrestamiento y pienso cómo enmendar aquello que rompí. He madurado. Ya no soy novillera en esta vida, ni me echo al ruedo a lo tarugo. Una faena buena requiere templanza, paciencia, conocimiento. Todavía no estoy en mi última corrida, pero atrás están ya las primeras y eso, es un alivio

Y aún así, con todo lo anterior, debo reconocer que esas cinco palabras me aporrearon lo suficiente como para estorbarme el resto del día. Luego me quedé pensado en aquello que digo frecuentemente en clase, cuando doy Lexicología: a las palabras no se las lleva el viento. Las palabras se quedan con nosotros, anidan y se aclimatan. Las palabras echan raíces y no necesitan mucho para que en un dos por tres ya tengan troncos y ramitas.  Después pensé en mis alumnas, que son mi primera referencia cuando pienso en mujeres jóvenes. Muchas de ellas están a penas construyendo aquello que las sostendrá mañana. Varias han sido objeto de comentarios irónicos y sarcásticos sobres sus físicos de los cuales les ha costado levantarse. Para algunas, la experiencia ha sido devastadora. Las entiendo. Los estándares de belleza son altos, casi inalcanzables y si no se tiene un buen piso para sostenerse, es natural que haya una especie de temblor interno si el suelo está endeble y no hay de dónde agarrarse. Me pasó a mí, claro que les puede pasar a ellas.

Dormí bien. A pierna suelta. Soñé que cocinaba algo muy elaborado donde tenía que esperar a que la masa se esponjara y luego, veía que ésta ya había duplicado el volumen, mientras yo estaba frente al quemador de la estufa con una especie de guiso que olía a clavo y azafrán. Luego, comíamos. Había mucha gente en mi casa, abundante vino y café. Desperté sintiéndome descansada y pensando que palo dado ni Dios lo quita, pero uno encuentra la manera de untarse su propia pomada de árnica y que ruede el mundo mientras no echamos un pancito dulce.