A ratos es como si el mundo se nos fuera de las manos y no solamente por el derretimiento de los polos tal como muestran los vídeos en redes sociales; además, el mundo se nos diluye igual que se evapora el equilibrio climático: se escapan las lluvias, nos atacan las sequías o los vendavales, mientras las chimeneas siguen expulsando el aire caliente inoculado de metales o vapores tóxicos para los cuales no hay legislación que los pueda detener, o legislador que lo quiera atajar.
Este planeta es un regalo de la creación y no es gratuito que los deportes enfocados en la exploración de lugares naturales sea el boom de los últimos tiempos. Aún con la admiración y la moda por encontrar parajes exóticos o “semivírgenes”, estamos acabando con ellos, con su flora, sus manantiales, sus hielos, sus vapores, sus sótanos, sus laderas o sus cuevas. Estamos como bichos en marabunta, depredando playas y bosques, montañas y estepas. Y se nos olvida que quizá este planeta sea eterno pero nosotros no lo seremos y menos si asfixiamos las fuentes de oxígeno y de agua que nos mantienen respirando.
Por qué hablar de ello en medio del “caos pandemicus confundere”, que azota a la población humana en todo el planeta, es una pregunta que me silba en los oídos: -“A ver Martha, estás fuera de la onda de la pandemia que son los contagios, los decesos, el tapabocas y el retorno a la antigua nueva normalidad”. Pero finalmente mi obsesión del día trata de eso: de la escasa lluvia, el hiper-uso de plásticos, la industria a todo vapor, los polos en franco deshielo y lo que se acumule antes de apagar la luz hoy por la noche.
No sé en realidad a qué tipo de bicho pertenece nuestra especie y si nos podremos clasificar como tal, pero la neta del planeta es que le estamos dando en la torre al ídem. No nos conformamos con los muertos resultantes por la disputa de las narco-plazas ya sea en el Bajío, en el Norte o en la Riviera Maya. No, además nos acabamos las selvas para que pase el trenecito con el que soñamos de niños o las cañadas y paisajes que son el hábitat natural de insectos, marsupiales, aves y plantas que parecen no tener utilidad pero, que son valiosas para el ecosistema. Todo ello para privilegiar energías que ya debieran empezar a se reemplazadas por las llamadas “limpias”.
El “caos pandemicus” ha confundido a los supuestos sabios que desempeñan los roles más importantes en la sociedad mundial para quienes lo que fue prioridad un día -o un sexenio- anterior ya no lo es en el actual -al llegar al poder- o viceversa. De tal manera que no solo se alteran los ciclos ambientales con la acción humana-irresponsable, sino que además se ha instalado la demolición de las estructuras institucionales que a duras penas este país había logrados levantar. Y aunque imperfectas servían, o sirven ahora escasamente, como marco regulador
No solo se romperá el récord en la velocidad de los vientos en los huracanes, o no únicamente veremos ríos salidos de madre. Veremos más frecuentemente, a las hordas descargando su enfado en actos que llegan al vandalismo, sin que la autoridad pueda intervenir por el riesgo de ser señalada o bien por no tener la capacidad y capacitación requerida para lidiar con una sociedad enfurecida por este y otros motivos, locales y allende los mares y los continentes.
Estoy en el drama sí pero si lo escribo es porque aún creo que algo podremos hacer y que no dejaremos que el planeta se nos vaya entre las manos.